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Artículo publicado en la edición Nº 1.198 (ABRIL- JUNIO 2018) Autor:Fernando Berríos M., Facultad de Teología UC Para citar: Berríos, Fernando; "¿Qué tenemos que hacer, hermanos? (Hch 2,37): Eclesiología en tiempos de crisis en Chile, en La Revista Católica, Nº1.198, abril-junio 2018, pp. 126-141.
 
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"¿Qué tenemos que hacer, hermanos?" (Hch 2,37): Eclesiología en tiempos de crisis en Chile  Fernando Berríos M. [1] Facultad de Teología Pontificia Universidad Católica de Chile

Escribo estas reflexiones sin distancia, totalmente involucrado en lo que está aconteciendo en la Iglesia de Chile. Por lo mismo, tengo que partir diciendo que, como teólogo, no tengo la perspectiva necesaria para llegar a conclusiones del todo claras. Por cierto, tampoco tengo la pretensión de ser imparcial. Escribo, además, en medio de un proceso cuyo término aparece, para todos o casi todos, como muy incierto. En otra situación habría agregado otro adjetivo para ese final: no solo incierto, sino además, con toda probabilidad, “lejano”, porque los católicos estamos acostumbrados a que las grandes transformaciones sucedan lentamente en la Iglesia. Pero esta vez no parece ser posible esa parsimonia de la dos veces milenaria institución. Estamos en una situación inédita y urgente. No podemos sopesar todavía su gravedad ni sus alcances y, sin embargo, hay que hacerse cargo de ella ya, sin más demoras, para establecer al menos las condiciones mínimas para seguir caminando como Iglesia y abocarnos a lo que verdaderamente debe importarnos: el anuncio del Evangelio de Jesús.
Por añadidura, la Iglesia, en cuanto institución, está siendo interpelada con una intensidad nunca antes vista por la opinión pública chilena. Estamos experimentando de manera descarnada, en medio de intensas convulsiones intraeclesiales, que definitivamente estamos insertos en una sociedad de poscristiandad. Nada de lo que sucede o suceda en la Iglesia podrá ser hoy dado por supuesto. Cada vez más la Iglesia ?al igual que muchas otras instituciones? tiene que dar explicaciones. Ante este panorama, muchas veces, en los últimos años, he oído a obispos y clérigos quejarse del mundo de la poscristiandad, de su descreimiento, de su consumismo, de su hedonismo, etc. En cambio, no recuerdo haber oído en ambientes eclesiales (que no sean académicos) alguna reflexión, aunque sea al pasar en una homilía dominical, referente a la Iglesia de la poscristiandad, sobre todo acerca de sus evidentes dificultades para situarse de modo adecuado en dicho contexto. Una omisión por la cual se nos está pasando hoy la cuenta.
Sea como fuere, todo indica que en la Iglesia chilena ya no es posible postergar el momento de la autocrítica. Me corrijo: no solo de la autocrítica; eso sería insuficiente. Se trata más bien del momento de una revisión verdaderamente a fondo del modo de ser Iglesia en Chile. Es cierto, como ha señalado con lucidez un reciente análisis[2], que todo esto se inscribe en una crisis más amplia de la Iglesia a nivel global y que, en sus contornos generales, se debe a las dificultades que se han evidenciado en ella para recibir creativamente, pero en toda su profundidad, la eclesiología del Concilio Vaticano II. Y esto en su triple dimensión de replanteamiento de las relaciones de la Iglesia en su unidad (el tema de la articulación entre primado y colegialidad), de la relación de la Iglesia con el mundo en un plano de mutuo reconocimiento en el dinamismo de la historia y, por último, en el reflejo de esas relaciones al interior de las comunidades cristianas. Estas últimas constituyen la experiencia real y concreta de una Iglesia llamada a redescubrirse y a experimentarse como el pueblo de Dios que se forma y se desarrolla a partir de vínculos entre personas iguales en dignidad y misión, que les vienen dadas por su vocación fundamental. Me parece que, si se parte de esta visión global, el diagnóstico de una profunda “crisis” en la Iglesia chilena no es exagerado, y al mismo tiempo refleja el desconcierto que estamos viviendo.
1. ¿Qué tenemos que hacer?
Desde la visita del Papa Francisco a nuestro país (y de las circunstancias concretas que la rodearon) han abundado ?y creo que eso hay que aplaudirlo y no solo tolerarlo? reflexiones críticas, dentro y fuera de la comunidad católica, que han intentado identificar con precisión los puntos neurálgicos de esta crisis. Pero yo no quiero abundar aquí en ello, ni creo poder aportar nuevos elementos de juicio al respecto. Más bien, intento detenerme un instante, pensar un poco en lo que ha de venir, no reaccionar con excesiva rapidez ante los hechos.
Sin pretender eludir el carácter altamente problemático de la situación actual de la Iglesia chilena, creo que no hay que perder de vista que lo central aquí es esclarecer caminos para seguir avanzando. La pregunta decisiva es, entonces, ¿Qué hemos de hacer, hermanos? (Hch 2,37). También para nosotros, aquí y ahora, la primera respuesta desde la fe será una invitación urgente a la conversión a Jesús, el Cristo, y a la acción del Espíritu (Hch 2,38); pero eso implicará recorrer un camino (es decir, mediaciones concretas), cuyo trazado no es evidente y que, por lo mismo, tiene que ser discernido. Esto ya plantea un primer gran desafío, porque la misma crisis deja de manifiesto que en la Iglesia, pese a muchas declaraciones de principios en contrario, a menudo no se ha promovido el ejercicio del discernimiento, personal o comunitario, y en cambio sí el camino ?más fácil, pero de tan profundas y lamentables consecuencias? de la heteronomía y de un ejercicio infantilizante de la autoridad. Un laicado con poca o nula formación en este y en otros aspectos de su identidad cristiana y eclesial, no ha hecho más que reforzar esta tendencia, cediendo a tal heteronomía, o actuando sin discernimiento.
Precisamente porque ya se ha insistido suficientemente en el diagnóstico de esta crisis, prefiero seguir ahora un camino distinto, sin por ello caer en un optimismo ingenuo. Este otro camino consiste en un análisis, a grandes rasgos, de la metodología que el Papa ha estado siguiendo en su acompañamiento pastoral al episcopado chileno en el último tiempo, en especial a partir de su visita al país. En el análisis de este itinerario, busco identificar algunos elementos que me parecen especialmente iluminadores para el proceso de reconstitución que deberán experimentar la estructura jerárquica y la comunidad eclesial chilena en su conjunto, a partir de esta crisis declarada. En este empeño, quisiera invitar a lector no a una sistematización de contenidos, sino a una suerte de recorrido que busca resaltar algunas grandes intuiciones del Papa Francisco acerca del modo de ser Iglesia que el mundo de hoy nos está pidiendo. Varias de estas intuiciones, como constataremos, tienen más que ver con una actitud que con contenidos doctrinales o teológicos.
2. Una conversación importante merece ser retomada
El primer momento de este recorrido es el encuentro del Santo Padre con los Obispos chilenos en la sacristía de la Catedral de Santiago, el 16 de enero de 2018. El Papa contextualiza este encuentro como una continuación de las conversaciones sostenidas casi un año antes en Roma, durante la visita ad limina. Con ello, además, deja en claro que este no sería un simple saludo protocolar. El Pastor Universal quiere “retomar algún punto” ya tratado antes con los obispos de Chile y, con ello, profundizarlo, insistiendo así en su importancia. En rigor, ese punto no tiene que ver específicamente con los obispos y su ministerio, sino con la autocomprensión de la Iglesia en su conjunto. Pero precisamente en esta perspectiva eclesiológica cobra sentido tratarlo con los pastores. El tema central es “la conciencia de ser pueblo, ser pueblo de Dios”.
Lo que sigue en este mensaje del Papa no solo no es un saludo aséptico y meramente formal, como suelen ser los saludos protocolares, sino que pone a los obispos chilenos en la situación de tener que reflexionar, en transmisión directa a través de todos los medios de comunicación, sobre la cruda realidad de estar lejos de aportar como pastores a esa comprensión de la Iglesia. Los obispos (entre los cuales, a estas alturas del mensaje, el mismo Papa se incluye) y el clero no están exentos de experimentar el “sentir post-moderno” de la orfandad, del sentimiento de la no pertenencia: “empezamos a creer que no pertenecemos a nadie, nos olvidamos de que somos parte del santo Pueblo fiel de Dios y que la Iglesia no es ni será nunca de una élite de consagrados, sacerdotes u obispos”[3]. Esta sensación de orfandad sería la verdadera fuente del clericalismo, “que resulta una caricatura de la vocación recibida” y que constituye “una de las tentaciones que más daño le hacen al dinamismo misionero que estamos llamados a impulsar”.
La aproximación del Papa Francisco al tema es de una especial profundidad. No se queda en el nivel de reprender a los obispos por su eventual autoritarismo, ni siquiera en la aclaración ?no poco altisonante? de que “los laicos no son nuestros peones ni nuestros empleados”. Lo más importante es lo de fondo, y que tiene que ver, precisamente, con la soledad de la autoridad entendida y ejercida como poder en una comunidad, la Iglesia pueblo de Dios, de la que finalmente los pastores pueden llegar (o a menudo han llegado) a sentirse aparte. Es el drama de la no pertenencia. En esta verdadera alienación, los fieles católicos (¿muchos? ¿la mayoría?) se acostumbraron a entender que, efectivamente, los miembros del clero son “una élite”, un grupo aparte, la porción de “unos pocos elegidos e iluminados”.
A) La formación de los seminaristas
En relación con este tema es que el Papa les confiesa a sus hermanos en el episcopado una inquietud adicional: “… me preocupa la formación de los seminaristas”. Y su preocupación es, precisamente, “que [ellos] tengan esa conciencia de Pueblo”. Este tema nos toca directamente a los que por oficio nos corresponde la responsabilidad de participar en la formación de los futuros presbíteros y, eventualmente, obispos de la Iglesia chilena. El desafío es de gran relevancia: en una Facultad de Teología lo que nos corresponde es entregar una formación académica, sin perjuicio de la dimensión pastoral que los estudios teológicos tienen de por sí. Nuestro primer compromiso es ayudar a los estudiantes a superar un primer nivel afectivo, intuitivo o ingenuo de la fe ?que es legítimo, pero insuficiente?, para avanzar hacia la capacidad de “dar razón” de la fe y de la esperanza cristianas (1Pe 3,15) y poder establecer así un diálogo fructífero con las personas y con las comunidades con las que se encuentren en su ministerio. Esto, como lo precisa el mismo Papa Francisco en este mensaje, sucederá concretamente “en un mundo secularizado”, esto es, en un mundo que interpela y que cuestiona cada vez más las convicciones de la fe y de la doctrina católica en sus consecuencias para la comprensión del mundo y del ser humano en los temas más candentes.
En esta labor de formación teológica de los candidatos al ministerio ordenado, a menudo nos enfrentamos a la dificultad de no pocos estudiantes para solucionar una aparente tensión entre la fidelidad a la doctrina del Magisterio y la necesidad, para la teología como disciplina científica y también como oficio que es parte de la vida eclesial, de abrir horizontes y asumir o plantear preguntas a veces incómodas, en la medida en que presionan los límites de las respuestas contenidas, por ejemplo, en el Catecismo de la Iglesia Católica. Es notoria la dificultad que no pocos estudiantes de teología que son seminaristas manifiestan ante el desafío académico de no contentarse demasiado rápido con las respuestas conocidas de antemano, y de aventurarse, por el contrario, a pensar por sí mismos y no sin audacia, la complejidad de los problemas y de las preguntas que hoy plantea la cultura al cristianismo y a la Iglesia.
Pero este no es el único desafío implicado en la formación de los futuros ministros ordenados. Hay otros, que afectan –y, por lo mismo, también comprometen? a toda la Iglesia y muy especialmente a las concretas comunidades cristianas para cuyo servicio los seminaristas se preparan. No es preocupación exclusiva de los obispos el “discernir cómo prepararlos para desarrollar su misión en este escenario concreto y no en nuestros mundos o estados ideales”, como reflexiona el Papa Francisco en este mensaje. Es también responsabilidad de las comunidades, constituidas fundamentalmente por laicos, el ayudar a los futuros ministros (y también, hay que decirlo, a los ministros ya ordenados) a contribuir, de verdad y no solo con declaraciones, a la configuración de la Iglesia como pueblo de Dios en medio del mundo, “codo a codo […] en un clima de discernimiento y sinodalidad”. Esto llama a una reflexión específica ?y también más radical?, que no podemos siquiera bosquejar aquí, acerca de un necesario replanteamiento de la manera de entender la función pastoral en la Iglesia, que supere el clericalismo[4] del que ha hablado Francisco y su expresión en la proverbial postergación de la mujer en las instancias de decisión y conducción en la vida de la comunidad.
B) Pastores necesitados de la comunidad
Volviendo al núcleo del acento puesto por el Papa, ya sabemos de sobra que un “clero-élite”, un clero apartado de la comunidad y ensimismado en una equivocada comprensión del carácter “sagrado” del Orden, solo puede traer sufrimiento y frustración, tanto para los que, errando el camino, pretenden vivir su sacerdocio ministerial en esa clave de “orfandad”, como para las comunidades, que deben padecer sus consecuencias. En no pocos casos ello desemboca en el fracaso definitivo de un proyecto vocacional, que no solo significa un quiebre en la vida de una persona, sino también en la de un conjunto de cristianos que requiere de un acompañamiento pastoral en torno y a partir de la Eucaristía. La comunidad necesita de sus pastores. Pero con la misma intensidad, los pastores necesitan de la comunidad. Y no como un mero “espacio” o ámbito para el ejercicio de la “sacra potestad”, sino para que su vida y su vocación tengan su verdadero sentido: ser signo y testimonio de Jesús, el único Maestro y buen Pastor, en medio de los suyos y en el mundo.
Los fieles laicos necesitamos ministros ordenados que sean más hermanos en la fe que “padres” con una supuesta superioridad ontológica o moral. Es urgente cultivar en nuestras comunidades relaciones sanas, liberadoras, fraternales y horizontales, de respeto y enriquecimiento mutuos, que nos permitan comprender y experimentar que, en definitiva y de verdad, hay, como hemos dicho recién, un solo Señor, Maestro y Pastor. Como podrá percibirse, en esta perspectiva el foco no está puesto en eventuales reivindicaciones de unos en relación con otros en la Iglesia. El llamado es más bien a que todos nos sintamos parte de ella, y a que, por el contrario, nadie se experimente como aparte, por su bien, por el bien de los demás miembros de la Iglesia y, sobre todo, por el bien de la misión que nos convoca a todos y que es más importante que los problemas intraeclesiales.
En el mundo de hoy, estas consideraciones son más urgentes que nunca, pues los miembros del clero deben realizar su vocación y su función eclesial en un contexto cultural mucho más desarrollado, en que el acceso a la información y las oportunidades de educación, pese a todos los inconvenientes que hemos conocido en los últimos años en Chile, se han extendido notablemente en la población. El sacerdote hace tiempo ya que tiene que aprender a ser pastor en medio de personas cultivadas e informadas y, por lo mismo, potencialmente más críticas y exigentes de la Iglesia, de su enseñanza y de sus pastores.
3. Cuánto construye el saber pedir perdón
En la carta del Papa a los obispos reunidos en Punta de Tralca en Asamblea Plenaria (11 abril de 2018), después de su lectura del informe de la comisión Scicluna, creo que hay que rescatar, ante todo, la fuerza testimonial de una autocrítica sincera, del reconocimiento del mal hecho y, sobre todo, del saber pedir perdón.
En primer lugar, el Papa confiesa que tras la lectura del informe, ha sentido “dolor y vergüenza”, porque lo allí relatado lo involucra, no se siente fuera ni aparte del problema. Más concretamente, él sabe muy bien que todo Chile tendría presentes sus palabras de respaldo al obispo Juan Barros en Iquique, durante su visita a nuestro país. Sobre ese concreto trasfondo hay que leer su declaración: “En lo que me toca, reconozco […] que he incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación…”. Este gesto ha suscitado atención y admiración, porque se trata de una práctica, por decir lo menos, poco frecuente, y no solo en la Iglesia, sino en toda agrupación humana: pedir perdón verdaderamente, dejando en claro que todos podemos equivocarnos, también el Papa, y que es necesario buscar la mejor forma posible de reparar el mal provocado.
Con la misma transparencia que se requiere para ese acto de magnanimidad, el Papa no duda en mostrar que en instituciones como la Iglesia católica, centralizadas y jerarquizadas, la información fluye al modo y al ritmo de personas concretas, con sus propios intereses y con su propia visión de las cosas. Pero hoy en día esas personas ya no pueden pretender quedar protegidas (al menos, no siempre o no para siempre) por el anonimato, sino que tienen que asumir su corresponsabilidad en las decisiones que finalmente toma la autoridad máxima. Este principio de corresponsabilidad nos remite a otro aspecto de fondo, que está aquí gravemente comprometido: la colegialidad episcopal. El Papa no está dispuesto a abordar las situaciones descritas por el informe Scicluna de manera personalista, sino solicitando a la respectiva Conferencia Episcopal su “colaboración y asistencia en el discernimiento de las medidas […] para restablecer la comunión eclesial en Chile, con el objetivo de reparar en lo posible el escándalo y restablecer la justicia”. En otras palabras, el Papa convoca a los obispos chilenos a un acto colegial de discernimiento ?porque las medidas concretas no se podían determinar de antemano?, y en diálogo ?porque ya no bastan ni corresponden las decisiones unilaterales y verticales. Queda planteada la pregunta de en qué medida los obispos chilenos han acogido esta dimensión propiamente colegial del llamado del Papa.
Con todo ello, el Santo Padre no se avergüenza de reconocer que él erró “especialmente por falta de información veraz y equilibrada”. En esta declaración no hay rastro de preocupación por la imagen de la Iglesia ni por la suya propia. Lo importante es lo que sigue: “… ahora pido perdón a todos aquellos a los que ofendí y espero poder hacerlo personalmente…”. El Papa no dice, como acostumbran los poderosos en un simulacro de arrepentimiento: “si a alguien ofendí…”, protegiéndose en la elegancia cínica de las formas verbales en condicional. Está claro que hubo una ofensa y, por lo tanto, ofendidos, y él no se demora en pedirles perdón; además, anuncia, para que no queden dudas, que lo hará también personalmente, cara a cara. O sea, esta carta contiene, tácitamente, el preanuncio de una invitación (a representantes de las víctimas) y de una convocatoria (a los obispos de Chile). Dos llamados, cada cual con finalidades muy distintas.
4. Replanteamiento radical de las prioridades
El tercer momento en este itinerario es el comienzo de la reparación. Una vez que se ha reconocido el mal provocado, lo que sigue es un replanteamiento de las prioridades. Por mucho tiempo ?lo sabemos ya largamente?, la prioridad fue salvar la imagen de la Iglesia y evitar el escándalo, porque, en la interpretación más bien intencionada, ello sí que era considerado un mal mayor. El modo concreto de salvaguardar esa prioridad ya lo conocemos de sobra. Por lo mismo, es digna de hacer notar la inversión de prioridades que manifiesta el Papa Francisco con su modo de proceder. Lo que hace es privilegiar a las víctimas, dándoles, de la manera más clara posible, auténtica calidad de huéspedes suyos. James Hamilton, Juan Carlos Cruz y José Andrés Murillo fueron acogidos, literalmente, en la casa del Papa. No conozco los detalles de esta estadía, pero según comentarios de ellos mismos, su estadía estuvo llena de gestos de acogida, de consideración y, sobre todo, de escucha por parte del anfitrión y de sus colaboradores más cercanos; y fueron muchas las ocasiones en que, de modo grupal o individual, pudieron compartir largamente con el Santo Padre.
Como es sabido, estas personas nunca ?ni antes ni después de este encuentro con el Papa? se han sentido ni cercanamente acogidos de ese modo por la jerarquía de la Iglesia chilena. En estos momentos, con todo lo que ha acontecido, es evidente que la relación está muy dañada. Las víctimas no han dudado en manifestar su insatisfacción al respecto, con energía y con escasa o nula autocensura, en los medios de comunicación. Los obispos, que todavía no aprenden (o ya no aprendieron) a situarse en una sociedad de poscristiandad, han tenido grandes dificultades para lidiar con ese tipo de interpelaciones en el espacio público. Tal como se han dado las cosas, para ellos es más difícil que para el Papa relacionarse hoy con las víctimas. Nótese: tanto los obispos como el Papa tienen una historia de desencuentros con estas personas, pero la diferencia la ha puesto el Santo Padre con sus gestos de arrepentimiento sincero y de acercamiento. Algunos conocedores de situaciones como las que estas y otras personas han tenido que vivir, aseguran que todo habría sido mucho más fácil si ante las primeras denuncias hubiera habido más cercanía y acogida hacia los denunciantes aquí en Chile. Ahora se ve que es tarde. El tema está, en cambio, abierto para los nuevos interlocutores que vengan y para la Iglesia chilena en su conjunto.
Las prioridades del Papa Francisco han sido, pues, evidentes. En esa clave es que los así llamados “vaticanistas” han insistido en interpretar los gestos o la falta de estos con respecto a los obispos convocados en Roma. Si ello efectivamente ha sido así, me parece coherente y creo que tiene que ver, más que con animosidades personales, con una forma de evidenciar el necesario cambio de prioridades, en la Iglesia, frente a situaciones de abuso y, principalmente, frente a las víctimas de las mismas. Esto representa, finalmente, un gran llamado a toda la Iglesia y no solo a la jerarquía. Tiene un carácter testimonial, cuya acogida sincera sería, además, una demostración de magnanimidad y de madurez por parte de los católicos chilenos, partiendo por sus pastores. Nunca es tarde para pedir, con y como el Papa, “que sea el Espíritu quien nos guíe con su don y no nuestros intereses o, peor aún, nuestro orgullo herido”.
5. El valor de decirnos las cosas tal como son
El cuarto momento es el más duro, pero probablemente el más redentor en todo este recorrido. Se trata, en primer lugar, del contenido de un texto “filtrado”, es decir, que la opinión pública no ha recibido formalmente de autoridad alguna de la Iglesia, ni en Roma ni en Chile. Se trata, por otro lado, de un documento cuya autenticidad nadie ha desmentido. ¿Cuál es la gran lección que los miembros de la Iglesia chilena podemos aprender de estas escasas pero contundentes páginas? Intentemos esta mirada positiva, aunque a partir de un discurso evidentemente duro y en absoluto condescendiente.
El contenido central del documento no es el reproche, como podría parecer, sino un llamado urgente, el llamado a volver a ser la Iglesia chilena que brilló ante el mundo entero, hasta hace pocos decenios, por su fuerza profética. Esto es lo importante. Lo triste del momento radica en que para avanzar en esa dirección es necesario reconocer que el modo del ejercicio jerárquico ha ido llevando al resultado de una Iglesia volcada hacia adentro, ensimismada, pendiente de asuntos irrelevantes para el mundo en que estamos insertos y, sobre todo, banales para los mismos fieles en sus afanes cotidianos. Ello sería expresión de haber perdido el “centro”, que es Jesús y su evangelio. La jerarquía y el clero han hipertrofiado, en cambio, un discurso excesivamente moralizante, pero de manera más bien unilateral, en que la inquietud por lo social, si bien no ha estado ausente en las declaraciones del episcopado[5], ha perdido la fuerza y la centralidad que tuvo en décadas pasadas.
El aspecto negativo de la reflexión del Papa se sintetiza en su condena de la “psicología de élite”, de la que, como hemos visto, ya había hablado antes a los obispos chilenos. Por otro lado, una lectura positiva de este texto, sin eludir su dureza, nos ayuda a ir al tema de fondo. Lo que Francisco caracterizó en su encíclica Evangelii gaudium como el ideal de una “Iglesia en salida” tiene aquí una expresión especialmente clara. Antes que articular llamativas iniciativas misioneras (lo que, por cierto, no está nada mal), tenemos que aprender a ser una Iglesia más empática con el mundo en que estamos insertos y también más respetuosa y acogedora con aquellos cuya vida y opciones no se ajustan a los ideales doctrinales y morales de la cultura católica. Ser Iglesia en salida significa, en primer lugar y antes que cualquier plan pastoral, educar a nuestros niños y jóvenes, y aprender nosotros mismos los adultos, a hacer sentirse al otro, al que no se siente parte de nosotros o al que se ha alejado de la Iglesia o, peor, de la fe, como alguien respetado y valorado, porque nosotros no somos superiores, porque podemos aprender de ellos.
Solo sobre el fundamento de estas actitudes se podrá construir un cristianismo auténtico y una auténtica Iglesia al servicio de Dios en el mundo. Para decirlo con palabras del Papa en este documento:
“Queremos pasar de ser una Iglesia centrada en sí, abatida y desolada por sus pecados, a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado. Una Iglesia capaz de poner en el centro lo importante: el servicio a su Señor en el hambriento, en el preso, en el sediento, en el desalojado, en el desnudo, enfermo, en el abusado… (Mt 25,35) con la conciencia de que ellos tienen la dignidad para sentarse a nuestra mesa, de sentirse ‘en casa’, entre nosotros, de ser considerados familia. Ese es el signo de que el Reino de los Cielos está entre nosotros, es el signo de una Iglesia que fue herida por su pecado, misericordiada por su Señor, y convertida en profética por vocación”[6].
Perspectivas: algunos grandes desafíos
Mientras escribo, no dejan de ocurrir hechos relevantes y llenos de significado para el tema que nos ocupa. Este texto que parece no poder ser concluido se convierte así en un reflejo de la actual situación de la Iglesia chilena: un drama en plena evolución. El Papa invita a un segundo grupo de víctimas de Fernando Karadima a Roma. Por su parte, los obispos chilenos precisan que se han informado de ello por la prensa. Una vez más quedan claras las prioridades de Francisco. Entretanto, no paran de aparecer en los medios de comunicación casos que evidencian que la Iglesia chilena peregrina “necesitada de purificación” (Lumen gentium, 8). Ya nadie osaría dudar de ello. Pese a todo, connotados miembros de la jerarquía siguen actuando sobre la base de viejas prácticas que no favorecen la búsqueda de la verdad ni de la justicia. Piden perdón, yo creo que sinceramente, pero en ese mismo acto parece evidenciarse una gran dificultad para superar males endémicos con suficiente determinación.
Todavía no nos recuperábamos del impacto provocado en nosotros por los acontecimientos recientes en Roma, cuando Francisco vuelve a sorprendernos con una carta, esta vez dirigida no ya a los obispos ni al clero, sino “al pueblo de Dios que peregrina en Chile”. Si nos fijamos bien, con esta carta el Papa cierra un círculo en completa coherencia, al volver sobre el tópico central de su mensaje a los obispos en su reciente visita a Chile: la centralidad de la autocomprensión de la Iglesia como pueblo de Dios es el alfa y el omega del camino hacia su auténtico renacer en tierras chilenas. La carta en sí misma es algo realmente inédito: la misiva de un Papa a una iglesia particular, en la que señala su visión y sus proyecciones más personales, auténticas y concretas. Esta carta llama a la reflexión, pero también a la acción, al compromiso, a la creatividad, a la iniciativa, porque lo que está en juego es demasiado importante. La Iglesia chilena está bajo la lupa de todo el resto de la sociedad y también ?no es exagerado decirlo? del mundo entero, de la Iglesia universal. ¿Sabrá responder al desafío?
Recojo de la misma carta del Papa algunos de los principales desafíos que hoy se nos plantean como Iglesia. La situación los hace urgentes, pero en verdad son convicciones que hace mucho tiempo, y sobre todo a partir del Concilio Vaticano II, están ante nosotros como tareas pendientes o realizadas solo a medias.
A) Una Iglesia más sinodal
En primer lugar, el llamado a una praxis sinodal de toda la Iglesia. Esta ha sido una tónica de los mensajes del Papa a los obispos chilenos. Recordemos, además, que ese fue el espíritu que Francisco quiso darle a las reuniones a las
Artículo publicado en la edición Nº 1.198 (ABRIL- JUNIO 2018) Autor:Fernando Berríos M., Facultad de Teología UC Para citar: Berríos, Fernando; "¿Qué tenemos que hacer, hermanos? (Hch 2,37): Eclesiología en tiempos de crisis en Chile, en La Revista Católica, Nº1.198, abril-junio 2018, pp. 126-141.
 
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"¿Qué tenemos que hacer, hermanos?" (Hch 2,37): Eclesiología en tiempos de crisis en Chile  Fernando Berríos M. [1] Facultad de Teología Pontificia Universidad Católica de Chile

Escribo estas reflexiones sin distancia, totalmente involucrado en lo que está aconteciendo en la Iglesia de Chile. Por lo mismo, tengo que partir diciendo que, como teólogo, no tengo la perspectiva necesaria para llegar a conclusiones del todo claras. Por cierto, tampoco tengo la pretensión de ser imparcial. Escribo, además, en medio de un proceso cuyo término aparece, para todos o casi todos, como muy incierto. En otra situación habría agregado otro adjetivo para ese final: no solo incierto, sino además, con toda probabilidad, “lejano”, porque los católicos estamos acostumbrados a que las grandes transformaciones sucedan lentamente en la Iglesia. Pero esta vez no parece ser posible esa parsimonia de la dos veces milenaria institución. Estamos en una situación inédita y urgente. No podemos sopesar todavía su gravedad ni sus alcances y, sin embargo, hay que hacerse cargo de ella ya, sin más demoras, para establecer al menos las condiciones mínimas para seguir caminando como Iglesia y abocarnos a lo que verdaderamente debe importarnos: el anuncio del Evangelio de Jesús.
Por añadidura, la Iglesia, en cuanto institución, está siendo interpelada con una intensidad nunca antes vista por la opinión pública chilena. Estamos experimentando de manera descarnada, en medio de intensas convulsiones intraeclesiales, que definitivamente estamos insertos en una sociedad de poscristiandad. Nada de lo que sucede o suceda en la Iglesia podrá ser hoy dado por supuesto. Cada vez más la Iglesia ?al igual que muchas otras instituciones? tiene que dar explicaciones. Ante este panorama, muchas veces, en los últimos años, he oído a obispos y clérigos quejarse del mundo de la poscristiandad, de su descreimiento, de su consumismo, de su hedonismo, etc. En cambio, no recuerdo haber oído en ambientes eclesiales (que no sean académicos) alguna reflexión, aunque sea al pasar en una homilía dominical, referente a la Iglesia de la poscristiandad, sobre todo acerca de sus evidentes dificultades para situarse de modo adecuado en dicho contexto. Una omisión por la cual se nos está pasando hoy la cuenta.
Sea como fuere, todo indica que en la Iglesia chilena ya no es posible postergar el momento de la autocrítica. Me corrijo: no solo de la autocrítica; eso sería insuficiente. Se trata más bien del momento de una revisión verdaderamente a fondo del modo de ser Iglesia en Chile. Es cierto, como ha señalado con lucidez un reciente análisis[2], que todo esto se inscribe en una crisis más amplia de la Iglesia a nivel global y que, en sus contornos generales, se debe a las dificultades que se han evidenciado en ella para recibir creativamente, pero en toda su profundidad, la eclesiología del Concilio Vaticano II. Y esto en su triple dimensión de replanteamiento de las relaciones de la Iglesia en su unidad (el tema de la articulación entre primado y colegialidad), de la relación de la Iglesia con el mundo en un plano de mutuo reconocimiento en el dinamismo de la historia y, por último, en el reflejo de esas relaciones al interior de las comunidades cristianas. Estas últimas constituyen la experiencia real y concreta de una Iglesia llamada a redescubrirse y a experimentarse como el pueblo de Dios que se forma y se desarrolla a partir de vínculos entre personas iguales en dignidad y misión, que les vienen dadas por su vocación fundamental. Me parece que, si se parte de esta visión global, el diagnóstico de una profunda “crisis” en la Iglesia chilena no es exagerado, y al mismo tiempo refleja el desconcierto que estamos viviendo.
1. ¿Qué tenemos que hacer?
Desde la visita del Papa Francisco a nuestro país (y de las circunstancias concretas que la rodearon) han abundado ?y creo que eso hay que aplaudirlo y no solo tolerarlo? reflexiones críticas, dentro y fuera de la comunidad católica, que han intentado identificar con precisión los puntos neurálgicos de esta crisis. Pero yo no quiero abundar aquí en ello, ni creo poder aportar nuevos elementos de juicio al respecto. Más bien, intento detenerme un instante, pensar un poco en lo que ha de venir, no reaccionar con excesiva rapidez ante los hechos.
Sin pretender eludir el carácter altamente problemático de la situación actual de la Iglesia chilena, creo que no hay que perder de vista que lo central aquí es esclarecer caminos para seguir avanzando. La pregunta decisiva es, entonces, ¿Qué hemos de hacer, hermanos? (Hch 2,37). También para nosotros, aquí y ahora, la primera respuesta desde la fe será una invitación urgente a la conversión a Jesús, el Cristo, y a la acción del Espíritu (Hch 2,38); pero eso implicará recorrer un camino (es decir, mediaciones concretas), cuyo trazado no es evidente y que, por lo mismo, tiene que ser discernido. Esto ya plantea un primer gran desafío, porque la misma crisis deja de manifiesto que en la Iglesia, pese a muchas declaraciones de principios en contrario, a menudo no se ha promovido el ejercicio del discernimiento, personal o comunitario, y en cambio sí el camino ?más fácil, pero de tan profundas y lamentables consecuencias? de la heteronomía y de un ejercicio infantilizante de la autoridad. Un laicado con poca o nula formación en este y en otros aspectos de su identidad cristiana y eclesial, no ha hecho más que reforzar esta tendencia, cediendo a tal heteronomía, o actuando sin discernimiento.
Precisamente porque ya se ha insistido suficientemente en el diagnóstico de esta crisis, prefiero seguir ahora un camino distinto, sin por ello caer en un optimismo ingenuo. Este otro camino consiste en un análisis, a grandes rasgos, de la metodología que el Papa ha estado siguiendo en su acompañamiento pastoral al episcopado chileno en el último tiempo, en especial a partir de su visita al país. En el análisis de este itinerario, busco identificar algunos elementos que me parecen especialmente iluminadores para el proceso de reconstitución que deberán experimentar la estructura jerárquica y la comunidad eclesial chilena en su conjunto, a partir de esta crisis declarada. En este empeño, quisiera invitar a lector no a una sistematización de contenidos, sino a una suerte de recorrido que busca resaltar algunas grandes intuiciones del Papa Francisco acerca del modo de ser Iglesia que el mundo de hoy nos está pidiendo. Varias de estas intuiciones, como constataremos, tienen más que ver con una actitud que con contenidos doctrinales o teológicos.
2. Una conversación importante merece ser retomada
El primer momento de este recorrido es el encuentro del Santo Padre con los Obispos chilenos en la sacristía de la Catedral de Santiago, el 16 de enero de 2018. El Papa contextualiza este encuentro como una continuación de las conversaciones sostenidas casi un año antes en Roma, durante la visita ad limina. Con ello, además, deja en claro que este no sería un simple saludo protocolar. El Pastor Universal quiere “retomar algún punto” ya tratado antes con los obispos de Chile y, con ello, profundizarlo, insistiendo así en su importancia. En rigor, ese punto no tiene que ver específicamente con los obispos y su ministerio, sino con la autocomprensión de la Iglesia en su conjunto. Pero precisamente en esta perspectiva eclesiológica cobra sentido tratarlo con los pastores. El tema central es “la conciencia de ser pueblo, ser pueblo de Dios”.
Lo que sigue en este mensaje del Papa no solo no es un saludo aséptico y meramente formal, como suelen ser los saludos protocolares, sino que pone a los obispos chilenos en la situación de tener que reflexionar, en transmisión directa a través de todos los medios de comunicación, sobre la cruda realidad de estar lejos de aportar como pastores a esa comprensión de la Iglesia. Los obispos (entre los cuales, a estas alturas del mensaje, el mismo Papa se incluye) y el clero no están exentos de experimentar el “sentir post-moderno” de la orfandad, del sentimiento de la no pertenencia: “empezamos a creer que no pertenecemos a nadie, nos olvidamos de que somos parte del santo Pueblo fiel de Dios y que la Iglesia no es ni será nunca de una élite de consagrados, sacerdotes u obispos”[3]. Esta sensación de orfandad sería la verdadera fuente del clericalismo, “que resulta una caricatura de la vocación recibida” y que constituye “una de las tentaciones que más daño le hacen al dinamismo misionero que estamos llamados a impulsar”.
La aproximación del Papa Francisco al tema es de una especial profundidad. No se queda en el nivel de reprender a los obispos por su eventual autoritarismo, ni siquiera en la aclaración ?no poco altisonante? de que “los laicos no son nuestros peones ni nuestros empleados”. Lo más importante es lo de fondo, y que tiene que ver, precisamente, con la soledad de la autoridad entendida y ejercida como poder en una comunidad, la Iglesia pueblo de Dios, de la que finalmente los pastores pueden llegar (o a menudo han llegado) a sentirse aparte. Es el drama de la no pertenencia. En esta verdadera alienación, los fieles católicos (¿muchos? ¿la mayoría?) se acostumbraron a entender que, efectivamente, los miembros del clero son “una élite”, un grupo aparte, la porción de “unos pocos elegidos e iluminados”.
A) La formación de los seminaristas
En relación con este tema es que el Papa les confiesa a sus hermanos en el episcopado una inquietud adicional: “… me preocupa la formación de los seminaristas”. Y su preocupación es, precisamente, “que [ellos] tengan esa conciencia de Pueblo”. Este tema nos toca directamente a los que por oficio nos corresponde la responsabilidad de participar en la formación de los futuros presbíteros y, eventualmente, obispos de la Iglesia chilena. El desafío es de gran relevancia: en una Facultad de Teología lo que nos corresponde es entregar una formación académica, sin perjuicio de la dimensión pastoral que los estudios teológicos tienen de por sí. Nuestro primer compromiso es ayudar a los estudiantes a superar un primer nivel afectivo, intuitivo o ingenuo de la fe ?que es legítimo, pero insuficiente?, para avanzar hacia la capacidad de “dar razón” de la fe y de la esperanza cristianas (1Pe 3,15) y poder establecer así un diálogo fructífero con las personas y con las comunidades con las que se encuentren en su ministerio. Esto, como lo precisa el mismo Papa Francisco en este mensaje, sucederá concretamente “en un mundo secularizado”, esto es, en un mundo que interpela y que cuestiona cada vez más las convicciones de la fe y de la doctrina católica en sus consecuencias para la comprensión del mundo y del ser humano en los temas más candentes.
En esta labor de formación teológica de los candidatos al ministerio ordenado, a menudo nos enfrentamos a la dificultad de no pocos estudiantes para solucionar una aparente tensión entre la fidelidad a la doctrina del Magisterio y la necesidad, para la teología como disciplina científica y también como oficio que es parte de la vida eclesial, de abrir horizontes y asumir o plantear preguntas a veces incómodas, en la medida en que presionan los límites de las respuestas contenidas, por ejemplo, en el Catecismo de la Iglesia Católica. Es notoria la dificultad que no pocos estudiantes de teología que son seminaristas manifiestan ante el desafío académico de no contentarse demasiado rápido con las respuestas conocidas de antemano, y de aventurarse, por el contrario, a pensar por sí mismos y no sin audacia, la complejidad de los problemas y de las preguntas que hoy plantea la cultura al cristianismo y a la Iglesia.
Pero este no es el único desafío implicado en la formación de los futuros ministros ordenados. Hay otros, que afectan –y, por lo mismo, también comprometen? a toda la Iglesia y muy especialmente a las concretas comunidades cristianas para cuyo servicio los seminaristas se preparan. No es preocupación exclusiva de los obispos el “discernir cómo prepararlos para desarrollar su misión en este escenario concreto y no en nuestros mundos o estados ideales”, como reflexiona el Papa Francisco en este mensaje. Es también responsabilidad de las comunidades, constituidas fundamentalmente por laicos, el ayudar a los futuros ministros (y también, hay que decirlo, a los ministros ya ordenados) a contribuir, de verdad y no solo con declaraciones, a la configuración de la Iglesia como pueblo de Dios en medio del mundo, “codo a codo […] en un clima de discernimiento y sinodalidad”. Esto llama a una reflexión específica ?y también más radical?, que no podemos siquiera bosquejar aquí, acerca de un necesario replanteamiento de la manera de entender la función pastoral en la Iglesia, que supere el clericalismo[4] del que ha hablado Francisco y su expresión en la proverbial postergación de la mujer en las instancias de decisión y conducción en la vida de la comunidad.
B) Pastores necesitados de la comunidad
Volviendo al núcleo del acento puesto por el Papa, ya sabemos de sobra que un “clero-élite”, un clero apartado de la comunidad y ensimismado en una equivocada comprensión del carácter “sagrado” del Orden, solo puede traer sufrimiento y frustración, tanto para los que, errando el camino, pretenden vivir su sacerdocio ministerial en esa clave de “orfandad”, como para las comunidades, que deben padecer sus consecuencias. En no pocos casos ello desemboca en el fracaso definitivo de un proyecto vocacional, que no solo significa un quiebre en la vida de una persona, sino también en la de un conjunto de cristianos que requiere de un acompañamiento pastoral en torno y a partir de la Eucaristía. La comunidad necesita de sus pastores. Pero con la misma intensidad, los pastores necesitan de la comunidad. Y no como un mero “espacio” o ámbito para el ejercicio de la “sacra potestad”, sino para que su vida y su vocación tengan su verdadero sentido: ser signo y testimonio de Jesús, el único Maestro y buen Pastor, en medio de los suyos y en el mundo.
Los fieles laicos necesitamos ministros ordenados que sean más hermanos en la fe que “padres” con una supuesta superioridad ontológica o moral. Es urgente cultivar en nuestras comunidades relaciones sanas, liberadoras, fraternales y horizontales, de respeto y enriquecimiento mutuos, que nos permitan comprender y experimentar que, en definitiva y de verdad, hay, como hemos dicho recién, un solo Señor, Maestro y Pastor. Como podrá percibirse, en esta perspectiva el foco no está puesto en eventuales reivindicaciones de unos en relación con otros en la Iglesia. El llamado es más bien a que todos nos sintamos parte de ella, y a que, por el contrario, nadie se experimente como aparte, por su bien, por el bien de los demás miembros de la Iglesia y, sobre todo, por el bien de la misión que nos convoca a todos y que es más importante que los problemas intraeclesiales.
En el mundo de hoy, estas consideraciones son más urgentes que nunca, pues los miembros del clero deben realizar su vocación y su función eclesial en un contexto cultural mucho más desarrollado, en que el acceso a la información y las oportunidades de educación, pese a todos los inconvenientes que hemos conocido en los últimos años en Chile, se han extendido notablemente en la población. El sacerdote hace tiempo ya que tiene que aprender a ser pastor en medio de personas cultivadas e informadas y, por lo mismo, potencialmente más críticas y exigentes de la Iglesia, de su enseñanza y de sus pastores.
3. Cuánto construye el saber pedir perdón
En la carta del Papa a los obispos reunidos en Punta de Tralca en Asamblea Plenaria (11 abril de 2018), después de su lectura del informe de la comisión Scicluna, creo que hay que rescatar, ante todo, la fuerza testimonial de una autocrítica sincera, del reconocimiento del mal hecho y, sobre todo, del saber pedir perdón.
En primer lugar, el Papa confiesa que tras la lectura del informe, ha sentido “dolor y vergüenza”, porque lo allí relatado lo involucra, no se siente fuera ni aparte del problema. Más concretamente, él sabe muy bien que todo Chile tendría presentes sus palabras de respaldo al obispo Juan Barros en Iquique, durante su visita a nuestro país. Sobre ese concreto trasfondo hay que leer su declaración: “En lo que me toca, reconozco […] que he incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación…”. Este gesto ha suscitado atención y admiración, porque se trata de una práctica, por decir lo menos, poco frecuente, y no solo en la Iglesia, sino en toda agrupación humana: pedir perdón verdaderamente, dejando en claro que todos podemos equivocarnos, también el Papa, y que es necesario buscar la mejor forma posible de reparar el mal provocado.
Con la misma transparencia que se requiere para ese acto de magnanimidad, el Papa no duda en mostrar que en instituciones como la Iglesia católica, centralizadas y jerarquizadas, la información fluye al modo y al ritmo de personas concretas, con sus propios intereses y con su propia visión de las cosas. Pero hoy en día esas personas ya no pueden pretender quedar protegidas (al menos, no siempre o no para siempre) por el anonimato, sino que tienen que asumir su corresponsabilidad en las decisiones que finalmente toma la autoridad máxima. Este principio de corresponsabilidad nos remite a otro aspecto de fondo, que está aquí gravemente comprometido: la colegialidad episcopal. El Papa no está dispuesto a abordar las situaciones descritas por el informe Scicluna de manera personalista, sino solicitando a la respectiva Conferencia Episcopal su “colaboración y asistencia en el discernimiento de las medidas […] para restablecer la comunión eclesial en Chile, con el objetivo de reparar en lo posible el escándalo y restablecer la justicia”. En otras palabras, el Papa convoca a los obispos chilenos a un acto colegial de discernimiento ?porque las medidas concretas no se podían determinar de antemano?, y en diálogo ?porque ya no bastan ni corresponden las decisiones unilaterales y verticales. Queda planteada la pregunta de en qué medida los obispos chilenos han acogido esta dimensión propiamente colegial del llamado del Papa.
Con todo ello, el Santo Padre no se avergüenza de reconocer que él erró “especialmente por falta de información veraz y equilibrada”. En esta declaración no hay rastro de preocupación por la imagen de la Iglesia ni por la suya propia. Lo importante es lo que sigue: “… ahora pido perdón a todos aquellos a los que ofendí y espero poder hacerlo personalmente…”. El Papa no dice, como acostumbran los poderosos en un simulacro de arrepentimiento: “si a alguien ofendí…”, protegiéndose en la elegancia cínica de las formas verbales en condicional. Está claro que hubo una ofensa y, por lo tanto, ofendidos, y él no se demora en pedirles perdón; además, anuncia, para que no queden dudas, que lo hará también personalmente, cara a cara. O sea, esta carta contiene, tácitamente, el preanuncio de una invitación (a representantes de las víctimas) y de una convocatoria (a los obispos de Chile). Dos llamados, cada cual con finalidades muy distintas.
4. Replanteamiento radical de las prioridades
El tercer momento en este itinerario es el comienzo de la reparación. Una vez que se ha reconocido el mal provocado, lo que sigue es un replanteamiento de las prioridades. Por mucho tiempo ?lo sabemos ya largamente?, la prioridad fue salvar la imagen de la Iglesia y evitar el escándalo, porque, en la interpretación más bien intencionada, ello sí que era considerado un mal mayor. El modo concreto de salvaguardar esa prioridad ya lo conocemos de sobra. Por lo mismo, es digna de hacer notar la inversión de prioridades que manifiesta el Papa Francisco con su modo de proceder. Lo que hace es privilegiar a las víctimas, dándoles, de la manera más clara posible, auténtica calidad de huéspedes suyos. James Hamilton, Juan Carlos Cruz y José Andrés Murillo fueron acogidos, literalmente, en la casa del Papa. No conozco los detalles de esta estadía, pero según comentarios de ellos mismos, su estadía estuvo llena de gestos de acogida, de consideración y, sobre todo, de escucha por parte del anfitrión y de sus colaboradores más cercanos; y fueron muchas las ocasiones en que, de modo grupal o individual, pudieron compartir largamente con el Santo Padre.
Como es sabido, estas personas nunca ?ni antes ni después de este encuentro con el Papa? se han sentido ni cercanamente acogidos de ese modo por la jerarquía de la Iglesia chilena. En estos momentos, con todo lo que ha acontecido, es evidente que la relación está muy dañada. Las víctimas no han dudado en manifestar su insatisfacción al respecto, con energía y con escasa o nula autocensura, en los medios de comunicación. Los obispos, que todavía no aprenden (o ya no aprendieron) a situarse en una sociedad de poscristiandad, han tenido grandes dificultades para lidiar con ese tipo de interpelaciones en el espacio público. Tal como se han dado las cosas, para ellos es más difícil que para el Papa relacionarse hoy con las víctimas. Nótese: tanto los obispos como el Papa tienen una historia de desencuentros con estas personas, pero la diferencia la ha puesto el Santo Padre con sus gestos de arrepentimiento sincero y de acercamiento. Algunos conocedores de situaciones como las que estas y otras personas han tenido que vivir, aseguran que todo habría sido mucho más fácil si ante las primeras denuncias hubiera habido más cercanía y acogida hacia los denunciantes aquí en Chile. Ahora se ve que es tarde. El tema está, en cambio, abierto para los nuevos interlocutores que vengan y para la Iglesia chilena en su conjunto.
Las prioridades del Papa Francisco han sido, pues, evidentes. En esa clave es que los así llamados “vaticanistas” han insistido en interpretar los gestos o la falta de estos con respecto a los obispos convocados en Roma. Si ello efectivamente ha sido así, me parece coherente y creo que tiene que ver, más que con animosidades personales, con una forma de evidenciar el necesario cambio de prioridades, en la Iglesia, frente a situaciones de abuso y, principalmente, frente a las víctimas de las mismas. Esto representa, finalmente, un gran llamado a toda la Iglesia y no solo a la jerarquía. Tiene un carácter testimonial, cuya acogida sincera sería, además, una demostración de magnanimidad y de madurez por parte de los católicos chilenos, partiendo por sus pastores. Nunca es tarde para pedir, con y como el Papa, “que sea el Espíritu quien nos guíe con su don y no nuestros intereses o, peor aún, nuestro orgullo herido”.
5. El valor de decirnos las cosas tal como son
El cuarto momento es el más duro, pero probablemente el más redentor en todo este recorrido. Se trata, en primer lugar, del contenido de un texto “filtrado”, es decir, que la opinión pública no ha recibido formalmente de autoridad alguna de la Iglesia, ni en Roma ni en Chile. Se trata, por otro lado, de un documento cuya autenticidad nadie ha desmentido. ¿Cuál es la gran lección que los miembros de la Iglesia chilena podemos aprender de estas escasas pero contundentes páginas? Intentemos esta mirada positiva, aunque a partir de un discurso evidentemente duro y en absoluto condescendiente.
El contenido central del documento no es el reproche, como podría parecer, sino un llamado urgente, el llamado a volver a ser la Iglesia chilena que brilló ante el mundo entero, hasta hace pocos decenios, por su fuerza profética. Esto es lo importante. Lo triste del momento radica en que para avanzar en esa dirección es necesario reconocer que el modo del ejercicio jerárquico ha ido llevando al resultado de una Iglesia volcada hacia adentro, ensimismada, pendiente de asuntos irrelevantes para el mundo en que estamos insertos y, sobre todo, banales para los mismos fieles en sus afanes cotidianos. Ello sería expresión de haber perdido el “centro”, que es Jesús y su evangelio. La jerarquía y el clero han hipertrofiado, en cambio, un discurso excesivamente moralizante, pero de manera más bien unilateral, en que la inquietud por lo social, si bien no ha estado ausente en las declaraciones del episcopado[5], ha perdido la fuerza y la centralidad que tuvo en décadas pasadas.
El aspecto negativo de la reflexión del Papa se sintetiza en su condena de la “psicología de élite”, de la que, como hemos visto, ya había hablado antes a los obispos chilenos. Por otro lado, una lectura positiva de este texto, sin eludir su dureza, nos ayuda a ir al tema de fondo. Lo que Francisco caracterizó en su encíclica Evangelii gaudium como el ideal de una “Iglesia en salida” tiene aquí una expresión especialmente clara. Antes que articular llamativas iniciativas misioneras (lo que, por cierto, no está nada mal), tenemos que aprender a ser una Iglesia más empática con el mundo en que estamos insertos y también más respetuosa y acogedora con aquellos cuya vida y opciones no se ajustan a los ideales doctrinales y morales de la cultura católica. Ser Iglesia en salida significa, en primer lugar y antes que cualquier plan pastoral, educar a nuestros niños y jóvenes, y aprender nosotros mismos los adultos, a hacer sentirse al otro, al que no se siente parte de nosotros o al que se ha alejado de la Iglesia o, peor, de la fe, como alguien respetado y valorado, porque nosotros no somos superiores, porque podemos aprender de ellos.
Solo sobre el fundamento de estas actitudes se podrá construir un cristianismo auténtico y una auténtica Iglesia al servicio de Dios en el mundo. Para decirlo con palabras del Papa en este documento:
“Queremos pasar de ser una Iglesia centrada en sí, abatida y desolada por sus pecados, a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado. Una Iglesia capaz de poner en el centro lo importante: el servicio a su Señor en el hambriento, en el preso, en el sediento, en el desalojado, en el desnudo, enfermo, en el abusado… (Mt 25,35) con la conciencia de que ellos tienen la dignidad para sentarse a nuestra mesa, de sentirse ‘en casa’, entre nosotros, de ser considerados familia. Ese es el signo de que el Reino de los Cielos está entre nosotros, es el signo de una Iglesia que fue herida por su pecado, misericordiada por su Señor, y convertida en profética por vocación”[6].
Perspectivas: algunos grandes desafíos
Mientras escribo, no dejan de ocurrir hechos relevantes y llenos de significado para el tema que nos ocupa. Este texto que parece no poder ser concluido se convierte así en un reflejo de la actual situación de la Iglesia chilena: un drama en plena evolución. El Papa invita a un segundo grupo de víctimas de Fernando Karadima a Roma. Por su parte, los obispos chilenos precisan que se han informado de ello por la prensa. Una vez más quedan claras las prioridades de Francisco. Entretanto, no paran de aparecer en los medios de comunicación casos que evidencian que la Iglesia chilena peregrina “necesitada de purificación” (Lumen gentium, 8). Ya nadie osaría dudar de ello. Pese a todo, connotados miembros de la jerarquía siguen actuando sobre la base de viejas prácticas que no favorecen la búsqueda de la verdad ni de la justicia. Piden perdón, yo creo que sinceramente, pero en ese mismo acto parece evidenciarse una gran dificultad para superar males endémicos con suficiente determinación.
Todavía no nos recuperábamos del impacto provocado en nosotros por los acontecimientos recientes en Roma, cuando Francisco vuelve a sorprendernos con una carta, esta vez dirigida no ya a los obispos ni al clero, sino “al pueblo de Dios que peregrina en Chile”. Si nos fijamos bien, con esta carta el Papa cierra un círculo en completa coherencia, al volver sobre el tópico central de su mensaje a los obispos en su reciente visita a Chile: la centralidad de la autocomprensión de la Iglesia como pueblo de Dios es el alfa y el omega del camino hacia su auténtico renacer en tierras chilenas. La carta en sí misma es algo realmente inédito: la misiva de un Papa a una iglesia particular, en la que señala su visión y sus proyecciones más personales, auténticas y concretas. Esta carta llama a la reflexión, pero también a la acción, al compromiso, a la creatividad, a la iniciativa, porque lo que está en juego es demasiado importante. La Iglesia chilena está bajo la lupa de todo el resto de la sociedad y también ?no es exagerado decirlo? del mundo entero, de la Iglesia universal. ¿Sabrá responder al desafío?
Recojo de la misma carta del Papa algunos de los principales desafíos que hoy se nos plantean como Iglesia. La situación los hace urgentes, pero en verdad son convicciones que hace mucho tiempo, y sobre todo a partir del Concilio Vaticano II, están ante nosotros como tareas pendientes o realizadas solo a medias.
A) Una Iglesia más sinodal
En primer lugar, el llamado a una praxis sinodal de toda la Iglesia. Esta ha sido una tónica de los mensajes del Papa a los obispos chilenos. Recordemos, además, que ese fue el espíritu que Francisco quiso darle a las reuniones a las que los convocó en Roma. Lamentablemente, en las declaraciones de varios de nuestros prelados al regresar a Chile no se ha observado esa conciencia de sinodalidad. Por el contrario, la frase que más se ha oído de ellos es que “todo está en manos del Santo Padre”. Pero lo que en realidad se requiere de todos, partiendo por los pastores, es, como lo dice el mismo Papa en esta carta, citando sus propias palabras a los jóvenes en Maipú, “[que] saquen el carné de mayores de edad, espiritualmente mayores […] Que nos digan lo que sienten y piensan. Esto es capaz de involucrarnos a todos en una Iglesia con aire sinodal que sabe poner a Jesús en el centro”[7]. Evidentemente, este mensaje está dirigido, aunque a través de los jóve