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Artículo publicado en la edición Nº 1.185 (ENERO- MARZO 2015) Autor: Alejandro Salazar, pbro. Para citar: Salazar, Alejandro; ¡Ánimo! Yo soy, dejen de tener miedo. Reflexión exegético-teológica de Mt 14, 22-33, en La Revista Católica, Nº1.185, enero-marzo 2015, pp. 7-16
 
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Reflexión exegético-teológica de Mt 14, 22-33:  ¡Ánimo! Yo soy, dejen de tener miedo Alejandro Salazar, pbro. [1]

Esta reflexión, hecha a partir del texto inspirador de las Orientaciones Pastorales (OO.PP.) vigentes, pretende iluminar desde un punto de vista exegético y teológico algunos aspectos del texto de Mt 14, 22-33, y donde parece posible ponerlo en relación con las Orientaciones y el magisterio reciente del Papa Francisco. No falta también el necesario diálogo con algunos Padres de la Iglesia, que permita una lectura no solo exegético-teológica, sino además inspiradora y profundamente eclesial. Es el Señor Jesús el que ayer como hoy habla a nuestra realidad personal y eclesial y nos dice: ¡Ánimo! Yo soy, dejen de tener miedo[2].
Dejar la orilla (Mt 14,22)
Lo primero que llama la atención es la urgencia que se advierte y la obligación que impone Jesús a sus discípulos de dejar la orilla y embarcarse para llegar a la otra orilla. El verbo griego anankaz?, que significa obligar, mandar, tiene precisamente el sentido de forzar a alguien a hacer algo. Por tanto, se puede decir que Jesús fuerza a sus discípulos a dejar la orilla y a embarcarse. Cabe la pregunta: ¿Por qué Jesús obliga a sus discípulos a hacer esto? Pareciera ser que la respuesta (que el evangelista Mateo no nos proporciona ni tampoco su paralelo en Mc 6,45-46), nos llega a través de lo que comenta san Juan en su evangelio. San Juan nos narra que como consecuencia del signo realizado por Jesús, en el contexto del signo de la multiplicación de los panes (contexto similar al de nuestra perícopa), donde se recogen doce cestas con pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron, los hombres, al ver aquel signo revelador que Jesús había mostrado, decían: “¡Éste es verdaderamente el profeta que va a venir al mundo!”. A renglón seguido, el evangelista nos cuenta la reacción de Jesús que “nada más darse cuenta de que iban a venir a llevárselo para hacerlo rey, se retiró de nuevo al monte él solo” (Jn 6,14-15).
Este comentario del evangelista san Juan permite suponer que quizás una de las razones de la urgencia de Jesús es evitar que lo hagan rey y, por lo tanto, escapa al monte y, al mismo tiempo, fuerza a sus discípulos a que dejen la orilla. Precisamente, Mt nos dice que Jesús, una vez despedido el gentío, sube al monte a solas para rezar (24,23). El peligro que Jesús ve y del cual escapan él y sus discípulos podría entenderse como una errada interpretación política del signo que antes había realizado al multiplicar el pan (cinco panes y dos peces) (Mt 14,13-21). Quizás debido a que Jesús comprendía muy bien que el judaísmo de su época entendía la realeza del Mesías de acuerdo con la figura de un guerrero que va contra sus enemigos y mata reyes y príncipes[3]. Según esto, la gente habría interpretado el signo de la multiplicación de los panes como signo del Mesías enviado de Dios para liberarlos del yugo extranjero, en este caso, romano.
Podríamos deducir que la interpretación del milagro de Jesús, hecha por la multitud, se queda solo a un nivel que llamaríamos “mundano”, solamente material y terreno; de acuerdo con sus expectativas políticas y solo de orden material. Al parecer, Jesús rechaza tal interpretación e intenta alejar a sus discípulos de un tal modo reductivo de ver su ministerio y su mensaje. Seguramente, en nuestro contexto actual, no estamos inmunes a una interpretación “mundana” del mensaje de Cristo proclamado a través de su Iglesia. Quizás este episodio evangélico nos pone en guardia contra toda visión solo inmanente de la fe y de la misión de Cristo y de su Iglesia. El Papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium (en adelante EG) nos advierte acerca de lo que el llama “La mundanidad espiritual”. El Papa nos alerta acerca de esta y nos dice “que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia” (EG 93). La define básicamente como el deseo de “buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal” (EG 93). Se trata de un peligro, en cierto sentido análogo, al que veía Jesús cuando la multitud deseaba “hacerlo rey”, no porque reconocieran su naturaleza divina y su mesianismo eterno, sino porque esperaban que él vendría a saciar sus aspiraciones humanas, materiales y políticas. Se trataría del peligro de usar a Jesús para nuestros propios fines y de acuerdo a nuestros propios intereses. Como afirma el Papa Francisco, esta mundanidad es propia de un espíritu humano que “ha replegado la referencia del corazón al horizonte cerrado de su inmanencia y sus intereses” (EG 97).
Jesús, frente a este peligro, prefiere escapar de esa situación y estar a solas en el monte, retornando a la oración, al mismo tiempo que obliga a sus discípulos a dejar la orilla. Dejar la orilla evoca la respuesta que propone el Papa Francisco frente a la mundanidad espiritual: “Poniendo a la Iglesia en movimiento de salida de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres” (EG 97). Parafraseando las actuales OO.PP., se trataría este de un tiempo donde se hace urgentemente necesario aprender a vivir “lejos de la seguridad de la orilla” (nº 6) y que nos invita a todos en la Iglesia a “abandonar las estructuras caducas que ya no favorecen la transmisión de la fe” (nº 11f).
Otro aspecto que puede resultar interesante en Mt 14,22 es la expresión traducida como “adelantársele”, que corresponde al verbo griego proag? que significa adelantarse, preceder, anticiparse, llegar primero. El sentido del verbo es moverse hacia adelante con respecto a otros en tiempo o espacio, con frecuencia con la idea de llegar antes que otros. En este caso, el sentido es anteceder a Jesús. Resulta llamativa la expresión porque se trata de la orden que Jesús da a sus discípulos cuyo objetivo es que lleguen primero, que se le adelanten. Cuando el Papa Francisco hace notar que “en la Palabra de Dios aparece permanentemente este dinamismo de ‘salida’ que Dios quiere provocar en los creyentes” (EG 20), quizás esta orden de Jesús de dejar la orilla y “adelantársele” va en consonancia con ese dinamismo del que habla el Papa. Este adelantarse podría estar en relación con el neologismo utilizado por el Papa, primerear, y que da cuenta de una comunidad evangelizadora que experimenta “que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1Jn 4,10); y por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos” (EG 24). En el evangelio de Mateo, no se dice cuál es la otra orilla hacia la que se debe navegar. Solo el evangelista Marcos especifica hacia dónde son enviados los discípulos, “rumbo a la otra orilla, hacia Betsaida” (Mc 6,45)[4]. En la Evangelii Gaudium dejar la orilla se puede interpretar como la invitación a “salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG 20). Para los discípulos, todo esto implica subirse a la barca y tomar los riesgos que eso significa, dejar tierra firme (la propia orilla), e internarse en las profundidades, no siempre seguras, del lago, para llegar a la otra orilla.
Subir a la barca (Mt 14,22)
Este acción de los discípulos de subir a la barca es interpretada alegóricamente por san Hilario de Poitiers, que comentando Mt 14,22-23 dice que el acto de Jesús de mandar a sus discípulos para que vayan al otro lado del mar, “quiere decir que manda a los discípulos estar en la Iglesia (Ecclesiam) y navegar por el mar, es decir, por este mundo, hasta los tiempos en que él, al volver en su venida gloriosa, dará la salvación a todo el pueblo que habrá quedado de Israel (cf. Rm 11,5)”[5]. La barca, según san Hilario, es figura de la Iglesia. Quizás a muchos resonará esta imagen de la barca como tipo de la Iglesia a propósito de las emotivas palabras del Papa Benedicto, al concluir sus ocho años de pontificado, en lo que fue su última Audiencia General, cuando decía: “Siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino que es suya. Y el Señor no deja que se hunda; es Él quien la conduce”[6].
Esta imagen de la Iglesia como barca, habría sido antes mencionada en la carta de Clemente a Santiago, donde dice que “todo el quehacer de la Iglesia está como dentro de una gran barca, que transporta a través de una violenta tormenta a hombres de diversos lugares, y quienes desean habitar en la ciudad del buen reino”[7]. Recurriendo a esta imagen, el Papa Benedicto había comparado con una barca en medio del mar el ejercicio de su ministerio petrino diciendo que se sentía “como san Pedro con los apóstoles en la barca en el lago de Galilea: el Señor nos ha dado muchos días de sol y de brisa suave, días en los que la pesca ha sido abundante; ha habido también momentos en los que las aguas se agitaban y el viento era contrario, como en toda la historia de la Iglesia”[8]. Subir a la barca y navegar en ella, por tanto, se puede interpretar alegóricamente como un reflejo de la vitalidad misionera de la Iglesia, que debe estar en permanente movimiento y jamás estancarse. Los Obispos nos hablan con razón de la necesidad de entrar en un proceso de ‘conversión pastoral’… “una renovación que nos permita hacernos más atentos a las periferias de este mundo. Eso implica salir de la rutina de nuestras prácticas habituales para ir al encuentro de los que se encuentran lejos, por cualquier causa”[9].
La barca, zarandeada por las olas (Mt 14,24)
Este episodio de los discípulos dentro de la barca encuentra muchas similitudes con lo narrado por el evangelista Mateo en 8,23-27. En el primer caso, Jesús sube a la barca con los apóstoles, pero permanece dormido cuando viene la tormenta. En 8,24 se nos dice que la barca está apunto de desaparecer (vb. kalypt?, lit. cubrir, ocultar) bajo las olas. En 14,24 en cambio hay un matiz, que viene dado por el uso del verbo basaniz?, que literalmente significa atormentar, y que tiene el sentido de estar bajo o experimentar una turbación extrema. La idea de sufrimiento humano es casi inevitable con el uso de este verbo y es probablemente intencional (quizás de lo contrario habría utilizado kalypt?). Si fuese el caso, agua, tormenta y noche serían símbolos de sufrimiento, temor y muerte, muy familiar para la Iglesia y con reminiscencias en los salmos[10]. El salmo 69, 2-3 nos dice:
Dios mío, sálvame, que me llega el agua hasta el cuello: me estoy hundiendo en un cieno profundo y no puedo hacer pie; he entrado en la hondura del agua, me arrastra la corriente”.
En 14,24 la turbación es producida por el viento que es contrario, en cambio en 8,24 la causa es la marejada (lit. un gran terremoto) que amenaza con hundir la barca. En consonancia con esta escena las OO.PP. hacen mención del “oleaje a veces tormentoso que ha golpeado nuestra vida [como Iglesia] en estos años recientes”[11]. Quizás nos quiera presentar simbólicamente la experiencia humana cotidiana de dolor, sufrimiento y adversidad de la vida. El Papa Francisco nos ofrece algunas consideraciones que podríamos paragonar al viento en contra que experimentan los discípulos de Jesús en el mundo actual, y entonces nos dice que “no podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo viven precariamente el día a día, con consecuencias funestas… el miedo y la desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas… la alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente” (EG 52).
San Hilario comentando Mt 14,24 dice que: “Los discípulos son zarandeados por el viento y el mar y arrojados de un lado a otro por todas las agitaciones de este mundo suscitadas por el espíritu inmundo que se les opone”. Precisamente el texto nos dice que todo esto ocurría porque el viento era contrario. La expresión usada es enantios (única ocurrencia de la palabra en Mateo) que quiere decir literalmente frontero, contrario u opuesto, pero que también se puede traducir como viento hostil. Ahora bien, esta hostilidad del mundo se transforma para nosotros en desafío y en una oportunidad para la evangelización. Como dice el Papa Francisco, “evangelizamos cuando tratamos de afrontar los diversos desafíos que puedan presentarse” (EG 61).
Los discípulos se encontrarían, según algunos comentaristas, a una distancia de unos 4,8 kilómetros de la orilla. Nos dice Mateo que la barca distaba ya de tierra muchos estadios (única ocurrencia en Mt); una medida de distancia de la época equivalente a 192 metros. Por otra parte, Mc nos cuenta que la barca está en medio del mar, y Jesús solo en tierra. La narración enfatiza en algún modo la gran separación producida entre Jesús y sus apóstoles. Además, el texto propone un contraste entre la tierra y el mar, quizás como metáfora de lo seguro y estable frente a la inseguridad e inestabilidad. Se trata del contacto y la cercanía a Cristo que hace toda la diferencia en la propia vida.
El Papa Francisco lo expresa muy bien cuando habla del fundamento del entusiasmo evangelizador. Dice el Papa que “no se puede perseverar en una evangelización fervorosa si uno no sigue convencido, por experiencia propia, de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo” (EG 266). Parafraseando esta frase del Papa Francisco, podríamos decir que para la experiencia de los apóstoles en la barca, no es lo mismo navegar con Él que navegar solos y a tientas. La lejanía de Jesús produce inseguridad, temores, tormenta en la propia vida. Por el contrario, en el lenguaje de la OO.PP. se trata de ir hacia la centralidad de Jesucristo: “En el encuentro con Cristo nuestra vida adquiere un sentido nuevo y más pleno”[12].
Jesús se les acercó caminado sobre el mar (Mt 14,25-26)
Nos dice el texto que Jesús se acercó a los discípulos caminando sobre el mar a la cuarta vigilia de la noche. Esta indicación correspondía al horario comprendido entre las tres a las seis de la mañana. La división de la noche en cuatro partes era de origen romano: los cuatro turnos militares de guardia (las vigilias). Por lo tanto, la acción se desarrolla de madrugada o el momento del amanecer. El amanecer aparece en la Biblia como el tiempo de la intervención salvadora de Dios. Is 17,14 es un buen ejemplo de esto:
A la hora del atardecer se presenta el miedo, antes de la mañana ya no existen[13].
Pero el amanecer para los cristianos representa sin duda la hora de la resurrección (Mt 28,1) en la que Cristo vence a la muerte y, por así decir, camina sobre ella. Quizás con razón, san Hilario comentando Mt 14,25 decía que: “A la cuarta vigilia viene el Señor. A la cuarta vez volverá a la Iglesia errante y náufraga. En efecto, en la cuarta vigilia de la noche se descubre el número de todos los momentos de su solicitud. Pues la primera vigilia fue la de la ley, la segunda la de los profetas, la tercera la de su venida en el cuerpo, la cuarta la de su retorno glorioso”[14]. Según este santo, se trataría de una figura de la venida de Cristo en su divina majestad y glorioso. Probablemente el acto de caminar sobre las aguas sea una manifestación de la divinidad de Cristo[15], Señor de todas las cosas, incluso el mar. En el AT está presente este simbolismo acerca de la autoridad de Dios sobre el mar y especialmente su poder de caminar sobre las aguas (Ej., Sal 77,16.19; Jb 9,8; 38,16; cf. sabiduría en Sir 24,5).
¡Ánimo! “Yo soy”, dejen de tener miedo (Mt 14,27)
La indicación temporal dada antes en el v.23 hace pensar que los discípulos durante un largo período (por lo menos, nueve horas) sufrieron los embates del temporal. Por lo tanto, al cansancio propio de enfrentar una navegación extenuante y peligrosa se une ahora la visión de un “fantasma” que camina sobre las aguas. La reacción temerosa de los discípulos está dada por el contexto cultural. Como se sabe, los antiguos creían que el mar era el hogar de los espíritus impuros y, por tanto, los discípulos pensaron que el fantasma que veían, seguramente tenía intenciones perversas contra ellos. Es de notar el uso de la palabra phantasma (Cf. Sab 17,14) que significa aparición, espectro o fantasma. En Lc 24,37 Jesús resucitado se aparece a los discípulos que creen ver un “espíritu” (lit. pneuma, otros manuscritos usan phantasma). Todas estas indicaciones parecen señalar (el temor sería una reacción natural a lo sobrenatural) que los discípulos están frente a una verdadera teofanía de Cristo.
El evangelista construye todo un cuadro con la situación anímica de los discípulos marcada por la turbación, el susto y la alarma (verbo tarass?) y propiamente del miedo frente al peligro o el dolor (sustantivo phobos) que termina expresándose en los gritos (verbo kraz?), seguramente de desesperación por la escena contemplada. Frente a este cuadro de temor, las palabras de Jesús vienen a poner calma y tranquilidad. Llama la atención la fórmula usada por Jesús: ¡Ánimo! Se trata del imperativo de tharse?, que literalmente significa tener confianza, tener ánimo y su conexión con “Yo soy”. Como ha notado Luz[16], “el Dios bíblico se ha dirigido a los patriarcas y a Israel con este ‘no tengas miedo porque yo soy’. Entre los textos que dan cuenta de esta relación, destaca la alianza con Abraham en Gn 15,1[17]:
Yahveh dirigió la palabra a Abrán en una visión, diciéndole: “No temas, Abrán. Yo soy tu escudo”.
El contexto, ligado a la experiencia de temor por parte de los discípulos y presente en la Biblia, parece confirmar que estamos de frente a una automanifestación divina de Jesús (es cierto que este “yo soy” puede significar solamente un simple “estoy aquí”, pero el contexto parece sugerir algo más) que ese relaciona con la revelación del nombre divino, YHWH (??? ???? = YO SOY) dado en la LXX del Ex 3,14 (cf. Mt 22,32; Jn 8,58; Mc 14,62) y Is 43,10; 51,12[18].
Por lo demás, esta automanifestación de Jesús viene confirmada por la declaración final de los discípulos, que postrándose delante de Jesús, exclaman: “¡Verdaderamente eres hijo de Dios!”. Esta declaración de fe de los discípulos contrasta con la tentativa de la gente de hacer de Jesús un rey temporal, a propósito de los signos realizados por Jesús. Quizás toda esta narración tiene como propósito mostrar el error de la multitud y hacer ver, a los discípulos que navegan sobre la barca de la Iglesia, quién es verdaderamente Jesús. En nuestra experiencia eclesial ha ocurrido algo semejante en los últimos años, “a veces nos invade el desconcierto, y no logramos reconocer al Señor de la Vida que camina a nuestro lado. Pero el Señor mismo viene a nuestro encuentro, para quitarnos los miedos, abrir nuestros ojos y ayudarnos a reconocerlo con claridad”[19].
¡Hombre de poca fe! ¿Para qué dudaste? (Mt 14,31)
Sin lugar a dudas, la experiencia de Pedro es paradigmática para todo creyente. Pedro se transforma así en modelo de fe y de falta de fe. Pedro tiene fe cuando pide al Señor que le ordene caminar sobre las agua. Su fe se manifiesta cuando pide al Señor algo imposible (como mover montañas: 17,20), pero una vez más tuvo temor, al sentir el viento fuerte, dudó. Jesús viendo lo ocurrido, extiende la mano a Pedro y salvándolo lo amonesta: ¡hombre de poca fe! La misma expresión (oligopistos, lit. de poca fe) aparece antes en 8,26 (Un tema al parecer predilecto de Mt Cf. 6,30 y 16,8), pero esta vez referida a los discípulos, en un contexto parecido de tormenta, que los hace gritar: ¡Señor, sálvanos, que nos hundimos! Idéntica expresión usada por Pedro para pedir el rescate del Señor.
La falta de fe, o la crisis de la fe, es algo que también golpea nuestra experiencia eclesial actual a nivel personal y social. “Los rápidos procesos de cambio han puesto en duda los valores que tradicionalmente han dado sentido a nuestra experiencia personal y social”[20]. Pero al igual que lo acontecido a Pedro, las OO.PP. nos dicen que en nuestra realidad se produce una doble experiencia de fe y de falta de fe. “De tal manera que, por un lado la fe parece cuestionada, e incluso atacada, y por otro surgen nuevas experiencias religiosas que renuevan la fe de la comunidad eclesial”[21].
Como hemos visto a lo largo de esta reflexión, Mt 14,22-33 es verdaderamente un texto inspirador de la vivencia de fe personal y eclesial. El texto, en la experiencia de los discípulos de Jesús, invita a dejar la seguridad de la orilla y a subir a la barca, que es la Iglesia. Nos dice que, a pesar de la tormenta y del viento en contra (a veces producto de la lejanía del Señor), no debemos temer porque permanentemente deben resonar en nuestros oídos las palabras del Señor: ¡Ánimo! Yo soy, dejen de tener miedo.
NOTAS
[1] Sacerdote de la diócesis de Melipilla, Licenciado en Teología Bíblica por la Pontificia Universidad Gregoriana.
[2] “Dejen de tener miedo” parece preferible a “no tengan miedo” si se quiere expresar mejor el matiz del imperativo griego de presente.
[3] Cf. Nota a Jn 6,15 en Nuevo Testamento, ed. de Manuel Iglesias (2003).
[4] De todas formas, los exégetas encuentran muy difícil que esta referencia sea exacta debido a que Betsaida no está en la otra orilla. Quizás pretendían ir a Betsaida, pero la corriente los llevó hasta Genesaret (v.53).
[5] San Hilario de Poitiers, Comentario al Evangelio de Mateo, Madrid, 2010, p. 189.
[6] Benedicto XVI, Audiencia General, miércoles 27 de febrero de 2013.
[7] Pseudo-Clement of Rome, Epistle of Clement to James (Buffalo 1886).
[8] Benedicto XVI, Audiencia General antes citada.
[9] OO.PP. 2014-2020, nº 24b.
[10] Luz, U., Matthew: a commentary (Minneapolis 2001), p. 318.
[11] OO.PP 2014-2020, nº 1.
[12] OO.PP. 2014-2020, nº 15a.
[13] Cf. Ex 14,24 y Sal 46,6.
[14] San Hilario de Poitiers, Op. cit., p. 189.
[15] “Caminar sobre las aguas es imposible para los seres humanos y está reservado solamente para Dios, a menos que los humanos fuesen en un modo especial hijos de Dios o hayan adquirido poderes mágicos” (Cf. Luz, Ulrich; Op. cit., p. 320).
[16] Luz, U. Op. cit. p. 320.
[17] Cf.  Me fobou con relación a ??? ???? como auto-presentación divina en Gen 15,1; 26,14; 28,13; 46,3; Is 41,13, cf. 10; 43,1, 3.
[18] Cf. Hagner, D. A., Matthew 14–28 (Vol. 33B,) (Dallas 1998), p. 423.
[19] OO.PP 2014-2020, nº 6.
[20] OO.PP. 2014-2020, nº 11c.
[21] OO.PP. 2014-2020, ídem.
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Artículo publicado en la edición Nº 1.185 (ENERO- MARZO 2015) Autor: Alejandro Salazar, pbro. Para citar: Salazar, Alejandro; ¡Ánimo! Yo soy, dejen de tener miedo. Reflexión exegético-teológica de Mt 14, 22-33, en La Revista Católica, Nº1.185, enero-marzo 2015, pp. 7-16
 
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Reflexión exegético-teológica de Mt 14, 22-33:  ¡Ánimo! Yo soy, dejen de tener miedo Alejandro Salazar, pbro. [1]

Esta reflexión, hecha a partir del texto inspirador de las Orientaciones Pastorales (OO.PP.) vigentes, pretende iluminar desde un punto de vista exegético y teológico algunos aspectos del texto de Mt 14, 22-33, y donde parece posible ponerlo en relación con las Orientaciones y el magisterio reciente del Papa Francisco. No falta también el necesario diálogo con algunos Padres de la Iglesia, que permita una lectura no solo exegético-teológica, sino además inspiradora y profundamente eclesial. Es el Señor Jesús el que ayer como hoy habla a nuestra realidad personal y eclesial y nos dice: ¡Ánimo! Yo soy, dejen de tener miedo[2].
Dejar la orilla (Mt 14,22)
Lo primero que llama la atención es la urgencia que se advierte y la obligación que impone Jesús a sus discípulos de dejar la orilla y embarcarse para llegar a la otra orilla. El verbo griego anankaz?, que significa obligar, mandar, tiene precisamente el sentido de forzar a alguien a hacer algo. Por tanto, se puede decir que Jesús fuerza a sus discípulos a dejar la orilla y a embarcarse. Cabe la pregunta: ¿Por qué Jesús obliga a sus discípulos a hacer esto? Pareciera ser que la respuesta (que el evangelista Mateo no nos proporciona ni tampoco su paralelo en Mc 6,45-46), nos llega a través de lo que comenta san Juan en su evangelio. San Juan nos narra que como consecuencia del signo realizado por Jesús, en el contexto del signo de la multiplicación de los panes (contexto similar al de nuestra perícopa), donde se recogen doce cestas con pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron, los hombres, al ver aquel signo revelador que Jesús había mostrado, decían: “¡Éste es verdaderamente el profeta que va a venir al mundo!”. A renglón seguido, el evangelista nos cuenta la reacción de Jesús que “nada más darse cuenta de que iban a venir a llevárselo para hacerlo rey, se retiró de nuevo al monte él solo” (Jn 6,14-15).
Este comentario del evangelista san Juan permite suponer que quizás una de las razones de la urgencia de Jesús es evitar que lo hagan rey y, por lo tanto, escapa al monte y, al mismo tiempo, fuerza a sus discípulos a que dejen la orilla. Precisamente, Mt nos dice que Jesús, una vez despedido el gentío, sube al monte a solas para rezar (24,23). El peligro que Jesús ve y del cual escapan él y sus discípulos podría entenderse como una errada interpretación política del signo que antes había realizado al multiplicar el pan (cinco panes y dos peces) (Mt 14,13-21). Quizás debido a que Jesús comprendía muy bien que el judaísmo de su época entendía la realeza del Mesías de acuerdo con la figura de un guerrero que va contra sus enemigos y mata reyes y príncipes[3]. Según esto, la gente habría interpretado el signo de la multiplicación de los panes como signo del Mesías enviado de Dios para liberarlos del yugo extranjero, en este caso, romano.
Podríamos deducir que la interpretación del milagro de Jesús, hecha por la multitud, se queda solo a un nivel que llamaríamos “mundano”, solamente material y terreno; de acuerdo con sus expectativas políticas y solo de orden material. Al parecer, Jesús rechaza tal interpretación e intenta alejar a sus discípulos de un tal modo reductivo de ver su ministerio y su mensaje. Seguramente, en nuestro contexto actual, no estamos inmunes a una interpretación “mundana” del mensaje de Cristo proclamado a través de su Iglesia. Quizás este episodio evangélico nos pone en guardia contra toda visión solo inmanente de la fe y de la misión de Cristo y de su Iglesia. El Papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium (en adelante EG) nos advierte acerca de lo que el llama “La mundanidad espiritual”. El Papa nos alerta acerca de esta y nos dice “que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia” (EG 93). La define básicamente como el deseo de “buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal” (EG 93). Se trata de un peligro, en cierto sentido análogo, al que veía Jesús cuando la multitud deseaba “hacerlo rey”, no porque reconocieran su naturaleza divina y su mesianismo eterno, sino porque esperaban que él vendría a saciar sus aspiraciones humanas, materiales y políticas. Se trataría del peligro de usar a Jesús para nuestros propios fines y de acuerdo a nuestros propios intereses. Como afirma el Papa Francisco, esta mundanidad es propia de un espíritu humano que “ha replegado la referencia del corazón al horizonte cerrado de su inmanencia y sus intereses” (EG 97).
Jesús, frente a este peligro, prefiere escapar de esa situación y estar a solas en el monte, retornando a la oración, al mismo tiempo que obliga a sus discípulos a dejar la orilla. Dejar la orilla evoca la respuesta que propone el Papa Francisco frente a la mundanidad espiritual: “Poniendo a la Iglesia en movimiento de salida de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres” (EG 97). Parafraseando las actuales OO.PP., se trataría este de un tiempo donde se hace urgentemente necesario aprender a vivir “lejos de la seguridad de la orilla” (nº 6) y que nos invita a todos en la Iglesia a “abandonar las estructuras caducas que ya no favorecen la transmisión de la fe” (nº 11f).
Otro aspecto que puede resultar interesante en Mt 14,22 es la expresión traducida como “adelantársele”, que corresponde al verbo griego proag? que significa adelantarse, preceder, anticiparse, llegar primero. El sentido del verbo es moverse hacia adelante con respecto a otros en tiempo o espacio, con frecuencia con la idea de llegar antes que otros. En este caso, el sentido es anteceder a Jesús. Resulta llamativa la expresión porque se trata de la orden que Jesús da a sus discípulos cuyo objetivo es que lleguen primero, que se le adelanten. Cuando el Papa Francisco hace notar que “en la Palabra de Dios aparece permanentemente este dinamismo de ‘salida’ que Dios quiere provocar en los creyentes” (EG 20), quizás esta orden de Jesús de dejar la orilla y “adelantársele” va en consonancia con ese dinamismo del que habla el Papa. Este adelantarse podría estar en relación con el neologismo utilizado por el Papa, primerear, y que da cuenta de una comunidad evangelizadora que experimenta “que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1Jn 4,10); y por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos” (EG 24). En el evangelio de Mateo, no se dice cuál es la otra orilla hacia la que se debe navegar. Solo el evangelista Marcos especifica hacia dónde son enviados los discípulos, “rumbo a la otra orilla, hacia Betsaida” (Mc 6,45)[4]. En la Evangelii Gaudium dejar la orilla se puede interpretar como la invitación a “salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG 20). Para los discípulos, todo esto implica subirse a la barca y tomar los riesgos que eso significa, dejar tierra firme (la propia orilla), e internarse en las profundidades, no siempre seguras, del lago, para llegar a la otra orilla.
Subir a la barca (Mt 14,22)
Este acción de los discípulos de subir a la barca es interpretada alegóricamente por san Hilario de Poitiers, que comentando Mt 14,22-23 dice que el acto de Jesús de mandar a sus discípulos para que vayan al otro lado del mar, “quiere decir que manda a los discípulos estar en la Iglesia (Ecclesiam) y navegar por el mar, es decir, por este mundo, hasta los tiempos en que él, al volver en su venida gloriosa, dará la salvación a todo el pueblo que habrá quedado de Israel (cf. Rm 11,5)”[5]. La barca, según san Hilario, es figura de la Iglesia. Quizás a muchos resonará esta imagen de la barca como tipo de la Iglesia a propósito de las emotivas palabras del Papa Benedicto, al concluir sus ocho años de pontificado, en lo que fue su última Audiencia General, cuando decía: “Siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino que es suya. Y el Señor no deja que se hunda; es Él quien la conduce”[6].
Esta imagen de la Iglesia como barca, habría sido antes mencionada en la carta de Clemente a Santiago, donde dice que “todo el quehacer de la Iglesia está como dentro de una gran barca, que transporta a través de una violenta tormenta a hombres de diversos lugares, y quienes desean habitar en la ciudad del buen reino”[7]. Recurriendo a esta imagen, el Papa Benedicto había comparado con una barca en medio del mar el ejercicio de su ministerio petrino diciendo que se sentía “como san Pedro con los apóstoles en la barca en el lago de Galilea: el Señor nos ha dado muchos días de sol y de brisa suave, días en los que la pesca ha sido abundante; ha habido también momentos en los que las aguas se agitaban y el viento era contrario, como en toda la historia de la Iglesia”[8]. Subir a la barca y navegar en ella, por tanto, se puede interpretar alegóricamente como un reflejo de la vitalidad misionera de la Iglesia, que debe estar en permanente movimiento y jamás estancarse. Los Obispos nos hablan con razón de la necesidad de entrar en un proceso de ‘conversión pastoral’… “una renovación que nos permita hacernos más atentos a las periferias de este mundo. Eso implica salir de la rutina de nuestras prácticas habituales para ir al encuentro de los que se encuentran lejos, por cualquier causa”[9].
La barca, zarandeada por las olas (Mt 14,24)
Este episodio de los discípulos dentro de la barca encuentra muchas similitudes con lo narrado por el evangelista Mateo en 8,23-27. En el primer caso, Jesús sube a la barca con los apóstoles, pero permanece dormido cuando viene la tormenta. En 8,24 se nos dice que la barca está apunto de desaparecer (vb. kalypt?, lit. cubrir, ocultar) bajo las olas. En 14,24 en cambio hay un matiz, que viene dado por el uso del verbo basaniz?, que literalmente significa atormentar, y que tiene el sentido de estar bajo o experimentar una turbación extrema. La idea de sufrimiento humano es casi inevitable con el uso de este verbo y es probablemente intencional (quizás de lo contrario habría utilizado kalypt?). Si fuese el caso, agua, tormenta y noche serían símbolos de sufrimiento, temor y muerte, muy familiar para la Iglesia y con reminiscencias en los salmos[10]. El salmo 69, 2-3 nos dice:
Dios mío, sálvame, que me llega el agua hasta el cuello: me estoy hundiendo en un cieno profundo y no puedo hacer pie; he entrado en la hondura del agua, me arrastra la corriente”.
En 14,24 la turbación es producida por el viento que es contrario, en cambio en 8,24 la causa es la marejada (lit. un gran terremoto) que amenaza con hundir la barca. En consonancia con esta escena las OO.PP. hacen mención del “oleaje a veces tormentoso que ha golpeado nuestra vida [como Iglesia] en estos años recientes”[11]. Quizás nos quiera presentar simbólicamente la experiencia humana cotidiana de dolor, sufrimiento y adversidad de la vida. El Papa Francisco nos ofrece algunas consideraciones que podríamos paragonar al viento en contra que experimentan los discípulos de Jesús en el mundo actual, y entonces nos dice que “no podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo viven precariamente el día a día, con consecuencias funestas… el miedo y la desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas… la alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente” (EG 52).
San Hilario comentando Mt 14,24 dice que: “Los discípulos son zarandeados por el viento y el mar y arrojados de un lado a otro por todas las agitaciones de este mundo suscitadas por el espíritu inmundo que se les opone”. Precisamente el texto nos dice que todo esto ocurría porque el viento era contrario. La expresión usada es enantios (única ocurrencia de la palabra en Mateo) que quiere decir literalmente frontero, contrario u opuesto, pero que también se puede traducir como viento hostil. Ahora bien, esta hostilidad del mundo se transforma para nosotros en desafío y en una oportunidad para la evangelización. Como dice el Papa Francisco, “evangelizamos cuando tratamos de afrontar los diversos desafíos que puedan presentarse” (EG 61).
Los discípulos se encontrarían, según algunos comentaristas, a una distancia de unos 4,8 kilómetros de la orilla. Nos dice Mateo que la barca distaba ya de tierra muchos estadios (única ocurrencia en Mt); una medida de distancia de la época equivalente a 192 metros. Por otra parte, Mc nos cuenta que la barca está en medio del mar, y Jesús solo en tierra. La narración enfatiza en algún modo la gran separación producida entre Jesús y sus apóstoles. Además, el texto propone un contraste entre la tierra y el mar, quizás como metáfora de lo seguro y estable frente a la inseguridad e inestabilidad. Se trata del contacto y la cercanía a Cristo que hace toda la diferencia en la propia vida.
El Papa Francisco lo expresa muy bien cuando habla del fundamento del entusiasmo evangelizador. Dice el Papa que “no se puede perseverar en una evangelización fervorosa si uno no sigue convencido, por experiencia propia, de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo” (EG 266). Parafraseando esta frase del Papa Francisco, podríamos decir que para la experiencia de los apóstoles en la barca, no es lo mismo navegar con Él que navegar solos y a tientas. La lejanía de Jesús produce inseguridad, temores, tormenta en la propia vida. Por el contrario, en el lenguaje de la OO.PP. se trata de ir hacia la centralidad de Jesucristo: “En el encuentro con Cristo nuestra vida adquiere un sentido nuevo y más pleno”[12].
Jesús se les acercó caminado sobre el mar (Mt 14,25-26)
Nos dice el texto que Jesús se acercó a los discípulos caminando sobre el mar a la cuarta vigilia de la noche. Esta indicación correspondía al horario comprendido entre las tres a las seis de la mañana. La división de la noche en cuatro partes era de origen romano: los cuatro turnos militares de guardia (las vigilias). Por lo tanto, la acción se desarrolla de madrugada o el momento del amanecer. El amanecer aparece en la Biblia como el tiempo de la intervención salvadora de Dios. Is 17,14 es un buen ejemplo de esto:
A la hora del atardecer se presenta el miedo, antes de la mañana ya no existen[13].
Pero el amanecer para los cristianos representa sin duda la hora de la resurrección (Mt 28,1) en la que Cristo vence a la muerte y, por así decir, camina sobre ella. Quizás con razón, san Hilario comentando Mt 14,25 decía que: “A la cuarta vigilia viene el Señor. A la cuarta vez volverá a la Iglesia errante y náufraga. En efecto, en la cuarta vigilia de la noche se descubre el número de todos los momentos de su solicitud. Pues la primera vigilia fue la de la ley, la segunda la de los profetas, la tercera la de su venida en el cuerpo, la cuarta la de su retorno glorioso”[14]. Según este santo, se trataría de una figura de la venida de Cristo en su divina majestad y glorioso. Probablemente el acto de caminar sobre las aguas sea una manifestación de la divinidad de Cristo[15], Señor de todas las cosas, incluso el mar. En el AT está presente este simbolismo acerca de la autoridad de Dios sobre el mar y especialmente su poder de caminar sobre las aguas (Ej., Sal 77,16.19; Jb 9,8; 38,16; cf. sabiduría en Sir 24,5).
¡Ánimo! “Yo soy”, dejen de tener miedo (Mt 14,27)
La indicación temporal dada antes en el v.23 hace pensar que los discípulos durante un largo período (por lo menos, nueve horas) sufrieron los embates del temporal. Por lo tanto, al cansancio propio de enfrentar una navegación extenuante y peligrosa se une ahora la visión de un “fantasma” que camina sobre las aguas. La reacción temerosa de los discípulos está dada por el contexto cultural. Como se sabe, los antiguos creían que el mar era el hogar de los espíritus impuros y, por tanto, los discípulos pensaron que el fantasma que veían, seguramente tenía intenciones perversas contra ellos. Es de notar el uso de la palabra phantasma (Cf. Sab 17,14) que significa aparición, espectro o fantasma. En Lc 24,37 Jesús resucitado se aparece a los discípulos que creen ver un “espíritu” (lit. pneuma, otros manuscritos usan phantasma). Todas estas indicaciones parecen señalar (el temor sería una reacción natural a lo sobrenatural) que los discípulos están frente a una verdadera teofanía de Cristo.
El evangelista construye todo un cuadro con la situación anímica de los discípulos marcada por la turbación, el susto y la alarma (verbo tarass?) y propiamente del miedo frente al peligro o el dolor (sustantivo phobos) que termina expresándose en los gritos (verbo kraz?), seguramente de desesperación por la escena contemplada. Frente a este cuadro de temor, las palabras de Jesús vienen a poner calma y tranquilidad. Llama la atención la fórmula usada por Jesús: ¡Ánimo! Se trata del imperativo de tharse?, que literalmente significa tener confianza, tener ánimo y su conexión con “Yo soy”. Como ha notado Luz[16], “el Dios bíblico se ha dirigido a los patriarcas y a Israel con este ‘no tengas miedo porque yo soy’. Entre los textos que dan cuenta de esta relación, destaca la alianza con Abraham en Gn 15,1[17]:
Yahveh dirigió la palabra a Abrán en una visión, diciéndole: “No temas, Abrán. Yo soy tu escudo”.
El contexto, ligado a la experiencia de temor por parte de los discípulos y presente en la Biblia, parece confirmar que estamos de frente a una automanifestación divina de Jesús (es cierto que este “yo soy” puede significar solamente un simple “estoy aquí”, pero el contexto parece sugerir algo más) que ese relaciona con la revelación del nombre divino, YHWH (??? ???? = YO SOY) dado en la LXX del Ex 3,14 (cf. Mt 22,32; Jn 8,58; Mc 14,62) y Is 43,10; 51,12[18].
Por lo demás, esta automanifestación de Jesús viene confirmada por la declaración final de los discípulos, que postrándose delante de Jesús, exclaman: “¡Verdaderamente eres hijo de Dios!”. Esta declaración de fe de los discípulos contrasta con la tentativa de la gente de hacer de Jesús un rey temporal, a propósito de los signos realizados por Jesús. Quizás toda esta narración tiene como propósito mostrar el error de la multitud y hacer ver, a los discípulos que navegan sobre la barca de la Iglesia, quién es verdaderamente Jesús. En nuestra experiencia eclesial ha ocurrido algo semejante en los últimos años, “a veces nos invade el desconcierto, y no logramos reconocer al Señor de la Vida que camina a nuestro lado. Pero el Señor mismo viene a nuestro encuentro, para quitarnos los miedos, abrir nuestros ojos y ayudarnos a reconocerlo con claridad”[19].
¡Hombre de poca fe! ¿Para qué dudaste? (Mt 14,31)
Sin lugar a dudas, la experiencia de Pedro es paradigmática para todo creyente. Pedro se transforma así en modelo de fe y de falta de fe. Pedro tiene fe cuando pide al Señor que le ordene caminar sobre las agua. Su fe se manifiesta cuando pide al Señor algo imposible (como mover montañas: 17,20), pero una vez más tuvo temor, al sentir el viento fuerte, dudó. Jesús viendo lo ocurrido, extiende la mano a Pedro y salvándolo lo amonesta: ¡hombre de poca fe! La misma expresión (oligopistos, lit. de poca fe) aparece antes en 8,26 (Un tema al parecer predilecto de Mt Cf. 6,30 y 16,8), pero esta vez referida a los discípulos, en un contexto parecido de tormenta, que los hace gritar: ¡Señor, sálvanos, que nos hundimos! Idéntica expresión usada por Pedro para pedir el rescate del Señor.
La falta de fe, o la crisis de la fe, es algo que también golpea nuestra experiencia eclesial actual a nivel personal y social. “Los rápidos procesos de cambio han puesto en duda los valores que tradicionalmente han dado sentido a nuestra experiencia personal y social”[20]. Pero al igual que lo acontecido a Pedro, las OO.PP. nos dicen que en nuestra realidad se produce una doble experiencia de fe y de falta de fe. “De tal manera que, por un lado la fe parece cuestionada, e incluso atacada, y por otro surgen nuevas experiencias religiosas que renuevan la fe de la comunidad eclesial”[21].
Como hemos visto a lo largo de esta reflexión, Mt 14,22-33 es verdaderamente un texto inspirador de la vivencia de fe personal y eclesial. El texto, en la experiencia de los discípulos de Jesús, invita a dejar la seguridad de la orilla y a subir a la barca, que es la Iglesia. Nos dice que, a pesar de la tormenta y del viento en contra (a veces producto de la lejanía del Señor), no debemos temer porque permanentemente deben resonar en nuestros oídos las palabras del Señor: ¡Ánimo! Yo soy, dejen de tener miedo.
NOTAS
[1] Sacerdote de la diócesis de Melipilla, Licenciado en Teología Bíblica por la Pontificia Universidad Gregoriana.
[2] “Dejen de tener miedo” parece preferible a “no tengan miedo” si se quiere expresar mejor el matiz del imperativo griego de presente.
[3] Cf. Nota a Jn 6,15 en Nuevo Testamento, ed. de Manuel Iglesias (2003).
[4] De todas formas, los exégetas encuentran muy difícil que esta referencia sea exacta debido a que Betsaida no está en la otra orilla. Quizás pretendían ir a Betsaida, pero la corriente los llevó hasta Genesaret (v.53).
[5] San Hilario de Poitiers, Comentario al Evangelio de Mateo, Madrid, 2010, p. 189.
[6] Benedicto XVI, Audiencia General, miércoles 27 de febrero de 2013.
[7] Pseudo-Clement of Rome, Epistle of Clement to James (Buffalo 1886).
[8] Benedicto XVI, Audiencia General antes citada.
[9] OO.PP. 2014-2020, nº 24b.
[10] Luz, U., Matthew: a commentary (Minneapolis 2001), p. 318.
[11] OO.PP 2014-2020, nº 1.
[12] OO.PP. 2014-2020, nº 15a.
[13] Cf. Ex 14,24 y Sal 46,6.
[14] San Hilario de Poitiers, Op. cit., p. 189.
[15] “Caminar sobre las aguas es imposible para los seres humanos y está reservado solamente para Dios, a menos que los humanos fuesen en un modo especial hijos de Dios o hayan adquirido poderes mágicos” (Cf. Luz, Ulrich; Op. cit., p. 320).
[16] Luz, U. Op. cit. p. 320.
[17] Cf.  Me fobou con relación a ??? ???? como auto-presentación divina en Gen 15,1; 26,14; 28,13; 46,3; Is 41,13, cf. 10; 43,1, 3.
[18] Cf. Hagner, D. A., Matthew 14–28 (Vol. 33B,) (Dallas 1998), p. 423.
[19] OO.PP 2014-2020, nº 6.
[20] OO.PP. 2014-2020, nº 11c.
[21] OO.PP. 2014-2020, ídem.