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Artículo publicado en la edición Nº 1.204 (OCTUBRE- DICIEMBRE 2019) Autor: Juan Manuel Varas, pbro. Para citar: Varas, Juan Manuel, ¿Quién es Jesucristo para Teresa de los Andes?, en La Revista Católica, Nº1.204, octubre-diciembre 2019, pp.429-448.
   
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¿Quién es Jesucristo para Teresa de los Andes? Juan Manuel Varas, pbro.

Introducción
¿Cómo una mujer de 19 años pudo llegar a la santidad? ¿Cómo esta misma joven logró calar tan profundamente en la vida de todo un país, Chile? ¿Cómo llegó Teresa de los Andes a ser la santa que todos conocemos hoy? La respuesta la encontramos, sin lugar a dudas, en Jesús: Teresa de los Andes fue una enamorada del Señor y eso le llevó a entregarse a Dios; a vivir intensamente sus once meses en el convento y a entregar su vida tan joven.
En las siguientes páginas trataré de explicar quién es Jesús para esta santa chilena, para concluir con algunas consideraciones pastorales que nos pueden ayudar al seguimiento de Cristo, con la intercesión de santa Teresa de los Andes.
Desarrollo
El pensamiento y sentir de santa Teresa de los Andes nos llega a través de dos fuentes: su Diario (D, en las notas al pie) y las cartas (C, en las notas al pie) que escribió a su familia y amigas, antes y después de entrar al Carmelo.
Nuestra santa escribió mucho sobre Jesucristo. Podemos afirmar que todos los temas que tocó en sus escritos estuvieron, de alguna manera, referidos a la figura de Jesús: lo central de su diario y cartas gira en torno a la Persona y obra de Jesucristo. Su doctrina —porque creemos que sí se puede hablar de doctrina— está ungida de Cristo y su experiencia espiritual fue fundamentalmente experiencia de Cristo.
Trataremos de exponer a continuación cómo brota de la espiritualidad de Teresa de los Andes una visión particular del Señor; cómo vio ella, desde su experiencia, las grandes afirmaciones cristológicas. Sirva de premisa para este desarrollo una verdad innegable: nuestra santa intentó presentar la figura de Jesucristo de tal manera que —nos referimos, en este caso, a sus cartas— el lector de sus escritos se decidiera a una verdadera conversión, a una entrega a Dios sin condiciones, a una amistad verdadera con Él. Por tanto, su cristología —si es que se puede utilizar este término— es más existencial que ontológica, más praxis que pensamiento.
Cabe notar que el lugar más citado por Teresa de los Andes en sus escritos fue el Calvario. Y, coherentemente, los fragmentos más meditados fueron los de la Pasión del Señor. Así las cosas, podemos afirmar que la Pasión fue una de las bases de la visión cristológica de nuestra santa. De la comprensión de ese misterio —entre otros— nació en Teresa la devoción a la Humanidad Santísima del Señor y en ella intuyó que el Padre se revela en Cristo Hombre y en Él se da el punto de convergencia entre Dios y los hombres.
Nuestra santa captó el alcance de los acontecimientos de la vida de Jesús: su nacimiento, infancia, vida pública, etc. Desde esa misma perspectiva captó —y utilizó— el significado de los diversos títulos de Cristo: Señor, Maestro, Esposo, Rey, etc. La dimensión de Cristo como Dios la percibió juntamente con la dimensión humana.
Hemos afirmado que la doctrina de santa Teresa respecto a Cristo  es una realidad más bien vivida que pensada. Por tanto, es lógico que en ella tenga especial relevancia las distintas presencias de Cristo: en la Iglesia, en las personas — los fieles corrientes, en cuya alma en gracia habita Dios[1]—, en los sacramentos, etc. Dentro de estos últimos, resaltó de manera especial la presencia de Cristo en la Eucaristía, tema al que dedicaremos un estudio más profundo posteriormente. En sus escritos se echa en falta un elemento: la figura de Cristo resucitado. Solo en una oportunidad[2] lo cita explícitamente.
Jesús Hombre
Considerando lo que hemos afirmado anteriormente —la cristología teresiana fue más praxis que pensamiento— nos parece lógico comenzar el estudio de la figura de Cristo por aquello que Teresa contempló y consideró más frecuentemente: la Humanidad Santísima del Señor[3].
Después de constatar que la experiencia espiritual de nuestra santa se basó —y se corrobora— en distintos pasajes bíblicos, podemos afirmar que para ella la Humanidad de Cristo es el lugar donde se realiza el encuentro con Dios[4]. En su faceta humana, Cristo es su objeto de contemplación y el medio a través del cual llega a Dios[5].
Para entender de manera cabal la importancia que nuestra santa dio a la Humanidad del Señor es necesario tener presente que a ella le pareció evidente la necesidad de la presencia de Cristo —Dios y hombre en todas sus manifestaciones— para tener vida espiritual. Si es imprescindible Cristo, y la Humanidad es una parte constitutiva en el Ser del Señor, entonces la Humanidad Santísima es indispensable para el proceso espiritual de toda persona.
Creemos que son tres los ámbitos en los cuales Teresa de los Andes tuvo especiales intuiciones cristológicas: en la consideración de la Pasión del Señor; en la contemplación de la Encarnación de Jesús y, por último, en una serie de títulos que dio a Jesucristo. A continuación desarrollaremos cada uno de estos puntos.
a) La Pasión del Señor [6]
Ya hemos afirmado que la Pasión y muerte del Señor es el pasaje de la Escritura que más meditó Teresa de los Andes. Es significativo que esta meditación no solo se circunscribió al comienzo de la vida espiritual de la santa, sino que continuó a lo largo de los años —pocos— de desarrollo que tuvo. Así, con el paso del tiempo, pudo afirmar sin ninguna duda: “la Pasión de Jesucristo es lo que mejor me hace para mi alma”[7].
1º Significado
“Sacrificio aquí en el destierro, gloria sin fin en la patria. Y ¿qué es el sacrificio, qué es la cruz sino cielo cuando en ella está Jesucristo? (…) Vivamos en la cruz. La cruz es la abnegación de nuestra voluntad. En la cruz está el cielo, porque allí está Jesús”[8]. Estas palabras de nuestra santa nos pueden servir para percatarnos del significado que tuvo la Pasión y la Cruz del Señor en la vida de Teresa de los Andes.
Nuestra autora consideró que la Pasión fue la expresión más elocuente del amor de Dios por sus criaturas. A través del sufrimiento de Jesús, el amor de Dios se revela al hombre de una manera totalmente inteligible. Y como siempre trató de llevar a la práctica lo que consideraba en su interior, los sufrimientos de Jesús tuvieron algunos significados concretos en la vida de Teresa:
Negarse activamente: Murió a sí misma y a todo lo que constituía un obstáculo para que Dios ocupase en su vida el lugar que le correspondía. Citamos algunos pasajes de sus cartas para corroborar lo anterior: “respecto a las mortificaciones, siempre sigo sus consejos y he tomado la resolución de negarme en todo”[9]; “pero ya le he prometido a N. Señor volver con todo ahínco a negarme en todo y a vivir solo para El”[10]; “trato, pues, de negarme en todo para llegar a poseer al Todo (…) Siempre quiero negarme y renunciarme en todo, para así unirme más a Dios”[11].
Aceptar gustosamente todo aquello que representaba dolor, sufrimiento, contradicción. Y lo hizo por amor a Dios, con el fin de unirse a la Pasión[12]. Basta pensar en su frágil salud y la serie de enfermedades que le sucedieron durante su vida, para darse cuenta de cuánto sufrió y cuánto ofreció al Señor. Todo lo anterior, sin considerar aquellos sufrimientos internos —no por eso menos profundos— al percatarse que parte de su familia vivía alejada de Dios.
Pero no se ha de pensar que esta aceptación fue una cuestión meramente pasiva, sino que nuestra santa también buscó activamente la unión con la Pasión del Señor. A este respecto, algunas expresiones que usó Teresa de los Andes reflejan de manera acertada lo que hemos dicho anteriormente: “portadores de la cruz de Jesús”; “acostados en la cruz de Jesús”[13]. Sabía que en el Calvario había soledad y la buscó, aunque supiera que allí encontraría el abandono más absoluto[14]. Por último, tuvo siempre muy presente que todo aquello obedecía a una razón sobrenatural: ofreció todo por los pecados[15].
2º Efectos
Teresa de los Andes fue consciente de que la Redención se llevó a cabo por la muerte del Señor[16] y que, por tanto, el primer gran fruto de la Pasión del Señor fue la Redención. Y como carmelita, se sentía verdadera corredentora. Lo anterior le llevó a una consecuencia lógica: sufrir y ofrecer ese sufrimiento por las almas[17].
No se quedó en una consideración meramente teórica, sino que trató de sacar propósitos concretos para su vida. El primero, su continuo afán por convertirse interiormente. En este aspecto, es significativo darse cuenta de la estrecha relación que tuvo en su vida la meditación de la Pasión y su ánimo por realizar en su vida una constante conversión[18].
De la meditación de la Pasión proviene también su visión respecto al pecado y el dolor que siente al percatarse de los pecados propios y ajenos. Para Teresa de los Andes el hombre debe responder a la llamada que Cristo le hace desde la Cruz. Si la respuesta es negativa —una interrupción voluntaria en el diálogo que debe haber entre Jesucristo y el hombre—, entonces hay pecado.
Y al constatar la realidad de la negativa a Dios, brotó otro efecto lógico: su dolor por los pecados y su afán reparador. Es este último efecto el que más le caracterizó, también porque uno de los fines de las carmelitas es pedir por la conversión de los pecadores (junto con la santificación de los sacerdotes).
La meditación de la Pasión avivó ese dolor[19]. Al mismo tiempo, al darse cuenta de los pecados propios y ajenos, ese sufrimiento se acrecentó[20]. Con todo, no desesperó ni desanimó; antes bien, procuró realizar un amplio apostolado con el fin de que sus amigas se unieran a ese dolor y a esa reparación[21].
Todo lo anterior lo podemos resumir afirmando que nuestra santa fue consciente —fruto de su cercanía al Señor en la Pasión— de la maldad del pecado[22]; sufrió por esto, pero trató de poner todo de su parte para reparar esas faltas e impulsó este desagraviar entre mucha gente. Las citas que confirman nuestra afirmación son numerosas[23].
Para concluir este apartado respecto a los efectos que la meditación de la Pasión del Señor tuvo en nuestra santa, queremos referirnos a un aspecto paradójico: el amor sacrificado de Teresa de los Andes —fruto de la consideración del sufrimiento de Cristo— tuvo la señal de identidad de la alegría.
Alegría en medio del dolor y del sufrimiento: Teresa de los Andes supo encarnar en su propia vida esta realidad. Porque, frente a su frágil salud, los problemas familiares que la rodeaban, las dudas que la embargaban para tomar su decisión de entrega, nuestra santa siempre tuvo la misma respuesta: serenidad y alegría.
Ya a los quince años escribió en su diario: «Jesús me dijo que quería que sufriese con alegría. Esto cuesta tanto, pero basta que Él lo pida para que yo procure hacerlo (…) Me dijo que Él había subido al Calvario y se había acostado en la Cruz con alegría por la salvación de los hombres. “¿Acaso no eres tú la que me buscas y la que quieres parecerte a Mí? Luego ven conmigo y toma la Cruz con amor y alegría”»[24].
Conforme pasaron los años, nuestra santa hizo aun más suyas estas ideas: su amor por Cristo crucificado fue creciendo, y ella amó el sufrimiento pues sabía que en él encontraba a Jesús. Así lo afirmó en una de sus cartas: “mas el sufrimiento no me es desconocido. En él encuentro mi alegría, pues en la cruz se encuentra a Jesús y El es amor. Y ¿qué importa sufrir cuando se ama?”[25].
Teresa de los Andes conoció desde muy pequeña el dolor: físico —pues no gozó de buena salud, antes bien, tuvo que soportar constantes enfermedades desde sus primeros años de vida—; espiritual, al ver que parte de su familia —su padre y sus hermanos— se alejaba de Dios; y de contrición, por sus pecados y los de otra gente. Supo ofrecer todo eso con alegría[26].
¿Cuál es la razón que explica la alegría de nuestra santa en medio del dolor y del sufrimiento? La respuesta es la misma que expresa el sentido de la existencia de Teresa de los Andes: el amor. Ella comprendió —y así lo vivió— que un sufrimiento no producía alegría directamente, sino que debía pasar por la purificación de la caridad. Así, ese dolor —entendido y asumido por amor, amor a Dios— produjo alegría en su vida.
No podemos afirmar con certeza de quién aprendió nuestra santa a vivir este binomio —humanamente inexplicable— dolor-alegría, pues no consta explícitamente en sus escritos. Sin embargo, sí sabemos que san Juan de la Cruz trató este tema en sus obras. Considerando que en la Suma espiritual que Teresa leyó[27] pocos meses antes de entrar al Carmelo se trata el tema de los grados de amor, de los que el místico carmelita escribió en “Noche oscura”, podemos aseverar que nuestra santa maduró el tema a la luz de los escritos del maestro de Fontiveros.
3º Conocimiento de Cristo a través de la Pasión
Fue en la reflexión y contemplación de la Pasión donde el rostro de Jesús se mostró a Teresa de los Andes de forma más diáfana. Esto le ayudó, sin lugar a dudas, a hacerse una visión concreta de la persona y del misterio de Jesucristo.
Junto a lo anterior, la meditación constante de la Pasión hizo que nuestra santa la reviviese de una manera especial. No fue solo una consideración de algo lejano, sino que verdaderamente trató de hacerlo como si ella estuviese presente en la escena.
En una carta dirigida a una amiga, sin fecha, nuestra santa nos dejó algunas descripciones —tomadas de un texto de santa Teresa de Ávila— respecto a la forma en que debe proceder una persona en ciertos momentos de la vida espiritual, y anotó los sentimientos de su alma al acercarse a este misterio de la vida de Cristo: “Contemplémosle —dice santa Teresa— alegre como en el Tabor, si estamos alegres; triste como en el Huerto si estamos tris­tes; y así en todo. Contemplémosle en las criaturas. Así nos será más fácil tener caridad. Si somos humilladas, lo somos por Él. Si somos alabadas, lo somos por Él. Si servimos, servimos a Él; y así en todo”[28].
Contempló a Jesús en los distintos pasos de su Pasión: en la oración en el huerto[29]; en la flagelación[30]; en la subida al Calvario[31]; en la crucifixión y muerte[32], y en la espera de su Resurrección[33].
En ocasiones, esta contemplación la llevó a cabo de manera tan viva, que sorprende la viveza del relato que nos dejó por escrito: “Hace tres días que estoy sumida en la agonía de N. Señor. Se me representa a cada instante moribundo. Con el rostro en el suelo. Con los cabellos rojos de sangre. Con los ojos amorata­dos. Sin facciones. Pálido. Demacrado. Tiene la túni­ca hasta la mitad del cuerpo. Las espaldas están cubiertas de una multitud de lancetas, que entiendo son los pecados. En las pale­tas, tiene dos llagas que permiten verle los huesos blancos, y en­clavados en los huecos de estas heridas, lancetas que llegan hasta penetrar en los huesos. En la espina dorsal tiene lancetas que le duelen horrible­mente. Por ambos lados corre la sangre a torrentes e inunda todo el suelo. La Sma. Virgen está a su lado de pie, llo­rando y pidiendo al Padre misericordia. Esta imagen la veo con una viveza tal que me produce una especie de agonía”[34].
Para culminar este apartado, podemos afirmar que la Pasión del Señor fue el soporte donde se apoyó toda la ascética de nuestra santa. Cristo en la Cruz le dejó diversas enseñanzas y fue el fundamento de una serie de virtudes y actos concretos de su vida[35].
b) La Encarnación
La espiritualidad de Teresa de los Andes se centra en el misterio de la Encarnación. Dios se ha encarnado, se ha hecho hombre, y ha convivido con la humanidad. Y la historia que nace del hecho que Dios esté presente entre los hombres fue fundamental para nuestra santa y su experiencia espiritual.
La meditación de este misterio, por parte de nuestra santa, fue un elemento recurrente en su oración. Fueron muchos los ratos que dedicó a este tema[36]. En numerosas ocasiones se sirvió de la ayuda del Evangelio[37] y de él sacó consecuencias concretas para su vida interior[38].
A partir de la consideración de este misterio, Teresa se sintió tan cerca de Jesús, que se dirigió a Él con términos semejantes a los que una persona emplea para tratar a sus iguales: Jesús mío, Esposo, rey, amigo, amor, prisionero, etc. Junto a lo anterior, tiene especial relevancia el trato que le da a Cristo: como “Hijo de la Virgen” —muchas veces, dirigiéndose a la Virgen se refirió a Cristo como “tu Hijo”—, pues con ello resalta la Humanidad de Jesús.
En la Encarnación nuestra santa detectó no solo el abajamiento de Cristo, al hacerse uno más entre los hombres, sino también el amor de Dios Padre para con nosotros, que nos entregó lo que Él más amaba: su propio Hijo.
La contemplación del Dios-Hombre tuvo un siguiente paso en la vida de Teresa de los Andes: la infancia de Jesús. Aunque en sus escritos no hizo especiales referencias a los primeros años de vida del Señor, no quiere decir que no le haya dado importancia, sino que lo vio como un eslabón más en la cadena de acontecimientos que expresan la Humanidad de Jesús.
Podemos afirmar que nuestra santa consideró siempre la niñez de Jesús en vinculación estrecha con la Pasión. Al mismo tiempo, contempló esa infancia desde la perspectiva del asombro: Dios no solo se hizo hombre, sino que asumió lo más débil de este: la infancia[39].
El seguimiento de la vida de Jesús continuó con los años de oscuridad de Nazaret —a los que ya nos hemos referido anteriormente—; su vida pública —que hemos tratado al estudiar los personajes y lugares del Nuevo Testamento más citados  por Teresa—, y su Pasión, muerte y Resurrección.
c) Los títulos de Jesucristo
Siguiendo lo que hicieron los autores del Nuevo Testamento, nuestra santa aplicó a Jesús una serie de títulos a través de los cuales expresó su pensamiento sobre su misterio. Recogeremos aquí los que, de acuerdo a nuestro criterio, consideramos más importantes y significativos para su espiritualidad.
Dos características fundamentales pueden hallarse en estos títulos que Teresa de los Andes dio a Jesús. Por una parte, aplicó al Señor los títulos desde la revelación, pues estaba convencida de que eran —y son— reales: reflejan alguna de las cualidades de Jesucristo y expresan los contenidos de su ser. Por otra parte, confirió esos títulos —por decirlo de alguna manera— desde el corazón, pues antes de pronunciarlos o escribirlos ya habían pasado por el tamiz de su existencia: los había vivido y por eso los plasmó en sus escritos.
El Hijo
Tal como la dejó trazada en sus escritos, la palabra “Hijo” en Teresa de los Andes y dirigida a Jesucristo encierra diversos significados. Dentro de ellos, hay uno que es primordial: significa, por una parte, el amor —encarnado y accesible— de Dios al hombre y, por otra, el gozo del “Hijo” al cumplir ese designio de amor, pues es Él el enviado del Padre para llevar a término la obra de la salvación.
Cada vez que escribe la palabra Hijo, nuestra santa la vincula estrechamente al Padre, aunque en otras ocasiones lo haga refiriéndose a la Virgen[40]. Insiste así en que este Hijo de Dios no fue una idea, sino una Persona concreta, que fue enviada para darnos a conocer al Padre y sus designios.
Es interesante constatar que la experiencia espiritual de Teresa de los Andes llegó al misterio trinitario. No solo supo diferenciar las divinas Personas[41], sino que profundizó especialmente en el misterio filial de Cristo: captó que Cristo es el Hijo natural de Dios, que se manifestó en el tiempo, como enviado del Padre[42].
Muy unidas a la palabra “Hijo”, nuestra santa resaltó algunas virtudes de Jesús. La primera, la obediencia: vio claramente que Jesús es modelo de obediencia al Padre, pues cumplió el designio de salvación que le fue encomendado[43]. Y —muy unida a la obediencia— la humildad, especialmente en lo que respecta a Cristo como modelo de sumisión a la voluntad del Padre[44].
“Hijo”, por tanto, tuvo distintos significados para nuestra santa: desde la consideración de Jesucristo como Hijo de Dios en la eternidad hasta el hecho de considerar a Jesús como el Hijo de una determinada persona, que ejerce esa función en favor nuestro. Podría parecer que la forma concreta de revelarse como Hijo contradice su ser de Hijo natural de Dios, pues a Él le corresponde toda la gloria y la alabanza y, en cambio, vive sin ninguna gloria humana y se viste totalmente de ignominia.
Con todo lo anterior, podemos concluir que para Teresa de los Andes el término Hijo supuso una bipolaridad esencial en Jesús: fue Dios, pero siendo Hombre; y fue Señor, haciéndose Siervo de todos.
El Maestro
Maestro fue, para nuestra santa, uno de los títulos que mejor definen a Jesús. Ella consideró que Jesucristo es por antonomasia quien enseña a los hombres el camino que conduce a Dios.
Jesús fue para nuestra santa el verdadero maestro de su oración, pues solo pudo tener una verdadera oración cuando le fue enseñada por Él. Jesucristo se la comunicó a Teresa; Él le enseñó; Él fue el objeto y el término de esa enseñanza. Todo lo anterior es fundamental para comprender qué significó el término Maestro en la vida de Teresa de los Andes.
Hemos de partir de la base que, para Teresa, Jesús es Dios. Por eso, lo denominó frecuentemente “Divino Maestro”[45]. Esto puede tener una doble lectura: maestro en cuanto que, como Dios, es la fuente del ser; y maestro en cuanto que se nos hace accesible en la naturaleza humana, pues su magisterio llega a nosotros mediante su Humanidad.
Uno de los vocablos más frecuentemente usados por nuestra santa para caracterizar a la Divinidad es la de la sabiduría: Teresa lo entendió, bien como atributo de la Divinidad, bien como don sobrenatural comunicado por esa Divinidad al hombre[46].
Jesucristo es, como persona divina, la misma sabiduría. En este aspecto nuestra santa no insistió mucho. Se puede decir que lo dio por
Artículo publicado en la edición Nº 1.204 (OCTUBRE- DICIEMBRE 2019) Autor: Juan Manuel Varas, pbro. Para citar: Varas, Juan Manuel, ¿Quién es Jesucristo para Teresa de los Andes?, en La Revista Católica, Nº1.204, octubre-diciembre 2019, pp.429-448.
   
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¿Quién es Jesucristo para Teresa de los Andes? Juan Manuel Varas, pbro.

Introducción
¿Cómo una mujer de 19 años pudo llegar a la santidad? ¿Cómo esta misma joven logró calar tan profundamente en la vida de todo un país, Chile? ¿Cómo llegó Teresa de los Andes a ser la santa que todos conocemos hoy? La respuesta la encontramos, sin lugar a dudas, en Jesús: Teresa de los Andes fue una enamorada del Señor y eso le llevó a entregarse a Dios; a vivir intensamente sus once meses en el convento y a entregar su vida tan joven.
En las siguientes páginas trataré de explicar quién es Jesús para esta santa chilena, para concluir con algunas consideraciones pastorales que nos pueden ayudar al seguimiento de Cristo, con la intercesión de santa Teresa de los Andes.
Desarrollo
El pensamiento y sentir de santa Teresa de los Andes nos llega a través de dos fuentes: su Diario (D, en las notas al pie) y las cartas (C, en las notas al pie) que escribió a su familia y amigas, antes y después de entrar al Carmelo.
Nuestra santa escribió mucho sobre Jesucristo. Podemos afirmar que todos los temas que tocó en sus escritos estuvieron, de alguna manera, referidos a la figura de Jesús: lo central de su diario y cartas gira en torno a la Persona y obra de Jesucristo. Su doctrina —porque creemos que sí se puede hablar de doctrina— está ungida de Cristo y su experiencia espiritual fue fundamentalmente experiencia de Cristo.
Trataremos de exponer a continuación cómo brota de la espiritualidad de Teresa de los Andes una visión particular del Señor; cómo vio ella, desde su experiencia, las grandes afirmaciones cristológicas. Sirva de premisa para este desarrollo una verdad innegable: nuestra santa intentó presentar la figura de Jesucristo de tal manera que —nos referimos, en este caso, a sus cartas— el lector de sus escritos se decidiera a una verdadera conversión, a una entrega a Dios sin condiciones, a una amistad verdadera con Él. Por tanto, su cristología —si es que se puede utilizar este término— es más existencial que ontológica, más praxis que pensamiento.
Cabe notar que el lugar más citado por Teresa de los Andes en sus escritos fue el Calvario. Y, coherentemente, los fragmentos más meditados fueron los de la Pasión del Señor. Así las cosas, podemos afirmar que la Pasión fue una de las bases de la visión cristológica de nuestra santa. De la comprensión de ese misterio —entre otros— nació en Teresa la devoción a la Humanidad Santísima del Señor y en ella intuyó que el Padre se revela en Cristo Hombre y en Él se da el punto de convergencia entre Dios y los hombres.
Nuestra santa captó el alcance de los acontecimientos de la vida de Jesús: su nacimiento, infancia, vida pública, etc. Desde esa misma perspectiva captó —y utilizó— el significado de los diversos títulos de Cristo: Señor, Maestro, Esposo, Rey, etc. La dimensión de Cristo como Dios la percibió juntamente con la dimensión humana.
Hemos afirmado que la doctrina de santa Teresa respecto a Cristo  es una realidad más bien vivida que pensada. Por tanto, es lógico que en ella tenga especial relevancia las distintas presencias de Cristo: en la Iglesia, en las personas — los fieles corrientes, en cuya alma en gracia habita Dios[1]—, en los sacramentos, etc. Dentro de estos últimos, resaltó de manera especial la presencia de Cristo en la Eucaristía, tema al que dedicaremos un estudio más profundo posteriormente. En sus escritos se echa en falta un elemento: la figura de Cristo resucitado. Solo en una oportunidad[2] lo cita explícitamente.
Jesús Hombre
Considerando lo que hemos afirmado anteriormente —la cristología teresiana fue más praxis que pensamiento— nos parece lógico comenzar el estudio de la figura de Cristo por aquello que Teresa contempló y consideró más frecuentemente: la Humanidad Santísima del Señor[3].
Después de constatar que la experiencia espiritual de nuestra santa se basó —y se corrobora— en distintos pasajes bíblicos, podemos afirmar que para ella la Humanidad de Cristo es el lugar donde se realiza el encuentro con Dios[4]. En su faceta humana, Cristo es su objeto de contemplación y el medio a través del cual llega a Dios[5].
Para entender de manera cabal la importancia que nuestra santa dio a la Humanidad del Señor es necesario tener presente que a ella le pareció evidente la necesidad de la presencia de Cristo —Dios y hombre en todas sus manifestaciones— para tener vida espiritual. Si es imprescindible Cristo, y la Humanidad es una parte constitutiva en el Ser del Señor, entonces la Humanidad Santísima es indispensable para el proceso espiritual de toda persona.
Creemos que son tres los ámbitos en los cuales Teresa de los Andes tuvo especiales intuiciones cristológicas: en la consideración de la Pasión del Señor; en la contemplación de la Encarnación de Jesús y, por último, en una serie de títulos que dio a Jesucristo. A continuación desarrollaremos cada uno de estos puntos.
a) La Pasión del Señor [6]
Ya hemos afirmado que la Pasión y muerte del Señor es el pasaje de la Escritura que más meditó Teresa de los Andes. Es significativo que esta meditación no solo se circunscribió al comienzo de la vida espiritual de la santa, sino que continuó a lo largo de los años —pocos— de desarrollo que tuvo. Así, con el paso del tiempo, pudo afirmar sin ninguna duda: “la Pasión de Jesucristo es lo que mejor me hace para mi alma”[7].
1º Significado
“Sacrificio aquí en el destierro, gloria sin fin en la patria. Y ¿qué es el sacrificio, qué es la cruz sino cielo cuando en ella está Jesucristo? (…) Vivamos en la cruz. La cruz es la abnegación de nuestra voluntad. En la cruz está el cielo, porque allí está Jesús”[8]. Estas palabras de nuestra santa nos pueden servir para percatarnos del significado que tuvo la Pasión y la Cruz del Señor en la vida de Teresa de los Andes.
Nuestra autora consideró que la Pasión fue la expresión más elocuente del amor de Dios por sus criaturas. A través del sufrimiento de Jesús, el amor de Dios se revela al hombre de una manera totalmente inteligible. Y como siempre trató de llevar a la práctica lo que consideraba en su interior, los sufrimientos de Jesús tuvieron algunos significados concretos en la vida de Teresa:
Negarse activamente: Murió a sí misma y a todo lo que constituía un obstáculo para que Dios ocupase en su vida el lugar que le correspondía. Citamos algunos pasajes de sus cartas para corroborar lo anterior: “respecto a las mortificaciones, siempre sigo sus consejos y he tomado la resolución de negarme en todo”[9]; “pero ya le he prometido a N. Señor volver con todo ahínco a negarme en todo y a vivir solo para El”[10]; “trato, pues, de negarme en todo para llegar a poseer al Todo (…) Siempre quiero negarme y renunciarme en todo, para así unirme más a Dios”[11].
Aceptar gustosamente todo aquello que representaba dolor, sufrimiento, contradicción. Y lo hizo por amor a Dios, con el fin de unirse a la Pasión[12]. Basta pensar en su frágil salud y la serie de enfermedades que le sucedieron durante su vida, para darse cuenta de cuánto sufrió y cuánto ofreció al Señor. Todo lo anterior, sin considerar aquellos sufrimientos internos —no por eso menos profundos— al percatarse que parte de su familia vivía alejada de Dios.
Pero no se ha de pensar que esta aceptación fue una cuestión meramente pasiva, sino que nuestra santa también buscó activamente la unión con la Pasión del Señor. A este respecto, algunas expresiones que usó Teresa de los Andes reflejan de manera acertada lo que hemos dicho anteriormente: “portadores de la cruz de Jesús”; “acostados en la cruz de Jesús”[13]. Sabía que en el Calvario había soledad y la buscó, aunque supiera que allí encontraría el abandono más absoluto[14]. Por último, tuvo siempre muy presente que todo aquello obedecía a una razón sobrenatural: ofreció todo por los pecados[15].
2º Efectos
Teresa de los Andes fue consciente de que la Redención se llevó a cabo por la muerte del Señor[16] y que, por tanto, el primer gran fruto de la Pasión del Señor fue la Redención. Y como carmelita, se sentía verdadera corredentora. Lo anterior le llevó a una consecuencia lógica: sufrir y ofrecer ese sufrimiento por las almas[17].
No se quedó en una consideración meramente teórica, sino que trató de sacar propósitos concretos para su vida. El primero, su continuo afán por convertirse interiormente. En este aspecto, es significativo darse cuenta de la estrecha relación que tuvo en su vida la meditación de la Pasión y su ánimo por realizar en su vida una constante conversión[18].
De la meditación de la Pasión proviene también su visión respecto al pecado y el dolor que siente al percatarse de los pecados propios y ajenos. Para Teresa de los Andes el hombre debe responder a la llamada que Cristo le hace desde la Cruz. Si la respuesta es negativa —una interrupción voluntaria en el diálogo que debe haber entre Jesucristo y el hombre—, entonces hay pecado.
Y al constatar la realidad de la negativa a Dios, brotó otro efecto lógico: su dolor por los pecados y su afán reparador. Es este último efecto el que más le caracterizó, también porque uno de los fines de las carmelitas es pedir por la conversión de los pecadores (junto con la santificación de los sacerdotes).
La meditación de la Pasión avivó ese dolor[19]. Al mismo tiempo, al darse cuenta de los pecados propios y ajenos, ese sufrimiento se acrecentó[20]. Con todo, no desesperó ni desanimó; antes bien, procuró realizar un amplio apostolado con el fin de que sus amigas se unieran a ese dolor y a esa reparación[21].
Todo lo anterior lo podemos resumir afirmando que nuestra santa fue consciente —fruto de su cercanía al Señor en la Pasión— de la maldad del pecado[22]; sufrió por esto, pero trató de poner todo de su parte para reparar esas faltas e impulsó este desagraviar entre mucha gente. Las citas que confirman nuestra afirmación son numerosas[23].
Para concluir este apartado respecto a los efectos que la meditación de la Pasión del Señor tuvo en nuestra santa, queremos referirnos a un aspecto paradójico: el amor sacrificado de Teresa de los Andes —fruto de la consideración del sufrimiento de Cristo— tuvo la señal de identidad de la alegría.
Alegría en medio del dolor y del sufrimiento: Teresa de los Andes supo encarnar en su propia vida esta realidad. Porque, frente a su frágil salud, los problemas familiares que la rodeaban, las dudas que la embargaban para tomar su decisión de entrega, nuestra santa siempre tuvo la misma respuesta: serenidad y alegría.
Ya a los quince años escribió en su diario: «Jesús me dijo que quería que sufriese con alegría. Esto cuesta tanto, pero basta que Él lo pida para que yo procure hacerlo (…) Me dijo que Él había subido al Calvario y se había acostado en la Cruz con alegría por la salvación de los hombres. “¿Acaso no eres tú la que me buscas y la que quieres parecerte a Mí? Luego ven conmigo y toma la Cruz con amor y alegría”»[24].
Conforme pasaron los años, nuestra santa hizo aun más suyas estas ideas: su amor por Cristo crucificado fue creciendo, y ella amó el sufrimiento pues sabía que en él encontraba a Jesús. Así lo afirmó en una de sus cartas: “mas el sufrimiento no me es desconocido. En él encuentro mi alegría, pues en la cruz se encuentra a Jesús y El es amor. Y ¿qué importa sufrir cuando se ama?”[25].
Teresa de los Andes conoció desde muy pequeña el dolor: físico —pues no gozó de buena salud, antes bien, tuvo que soportar constantes enfermedades desde sus primeros años de vida—; espiritual, al ver que parte de su familia —su padre y sus hermanos— se alejaba de Dios; y de contrición, por sus pecados y los de otra gente. Supo ofrecer todo eso con alegría[26].
¿Cuál es la razón que explica la alegría de nuestra santa en medio del dolor y del sufrimiento? La respuesta es la misma que expresa el sentido de la existencia de Teresa de los Andes: el amor. Ella comprendió —y así lo vivió— que un sufrimiento no producía alegría directamente, sino que debía pasar por la purificación de la caridad. Así, ese dolor —entendido y asumido por amor, amor a Dios— produjo alegría en su vida.
No podemos afirmar con certeza de quién aprendió nuestra santa a vivir este binomio —humanamente inexplicable— dolor-alegría, pues no consta explícitamente en sus escritos. Sin embargo, sí sabemos que san Juan de la Cruz trató este tema en sus obras. Considerando que en la Suma espiritual que Teresa leyó[27] pocos meses antes de entrar al Carmelo se trata el tema de los grados de amor, de los que el místico carmelita escribió en “Noche oscura”, podemos aseverar que nuestra santa maduró el tema a la luz de los escritos del maestro de Fontiveros.
3º Conocimiento de Cristo a través de la Pasión
Fue en la reflexión y contemplación de la Pasión donde el rostro de Jesús se mostró a Teresa de los Andes de forma más diáfana. Esto le ayudó, sin lugar a dudas, a hacerse una visión concreta de la persona y del misterio de Jesucristo.
Junto a lo anterior, la meditación constante de la Pasión hizo que nuestra santa la reviviese de una manera especial. No fue solo una consideración de algo lejano, sino que verdaderamente trató de hacerlo como si ella estuviese presente en la escena.
En una carta dirigida a una amiga, sin fecha, nuestra santa nos dejó algunas descripciones —tomadas de un texto de santa Teresa de Ávila— respecto a la forma en que debe proceder una persona en ciertos momentos de la vida espiritual, y anotó los sentimientos de su alma al acercarse a este misterio de la vida de Cristo: “Contemplémosle —dice santa Teresa— alegre como en el Tabor, si estamos alegres; triste como en el Huerto si estamos tris­tes; y así en todo. Contemplémosle en las criaturas. Así nos será más fácil tener caridad. Si somos humilladas, lo somos por Él. Si somos alabadas, lo somos por Él. Si servimos, servimos a Él; y así en todo”[28].
Contempló a Jesús en los distintos pasos de su Pasión: en la oración en el huerto[29]; en la flagelación[30]; en la subida al Calvario[31]; en la crucifixión y muerte[32], y en la espera de su Resurrección[33].
En ocasiones, esta contemplación la llevó a cabo de manera tan viva, que sorprende la viveza del relato que nos dejó por escrito: “Hace tres días que estoy sumida en la agonía de N. Señor. Se me representa a cada instante moribundo. Con el rostro en el suelo. Con los cabellos rojos de sangre. Con los ojos amorata­dos. Sin facciones. Pálido. Demacrado. Tiene la túni­ca hasta la mitad del cuerpo. Las espaldas están cubiertas de una multitud de lancetas, que entiendo son los pecados. En las pale­tas, tiene dos llagas que permiten verle los huesos blancos, y en­clavados en los huecos de estas heridas, lancetas que llegan hasta penetrar en los huesos. En la espina dorsal tiene lancetas que le duelen horrible­mente. Por ambos lados corre la sangre a torrentes e inunda todo el suelo. La Sma. Virgen está a su lado de pie, llo­rando y pidiendo al Padre misericordia. Esta imagen la veo con una viveza tal que me produce una especie de agonía”[34].
Para culminar este apartado, podemos afirmar que la Pasión del Señor fue el soporte donde se apoyó toda la ascética de nuestra santa. Cristo en la Cruz le dejó diversas enseñanzas y fue el fundamento de una serie de virtudes y actos concretos de su vida[35].
b) La Encarnación
La espiritualidad de Teresa de los Andes se centra en el misterio de la Encarnación. Dios se ha encarnado, se ha hecho hombre, y ha convivido con la humanidad. Y la historia que nace del hecho que Dios esté presente entre los hombres fue fundamental para nuestra santa y su experiencia espiritual.
La meditación de este misterio, por parte de nuestra santa, fue un elemento recurrente en su oración. Fueron muchos los ratos que dedicó a este tema[36]. En numerosas ocasiones se sirvió de la ayuda del Evangelio[37] y de él sacó consecuencias concretas para su vida interior[38].
A partir de la consideración de este misterio, Teresa se sintió tan cerca de Jesús, que se dirigió a Él con términos semejantes a los que una persona emplea para tratar a sus iguales: Jesús mío, Esposo, rey, amigo, amor, prisionero, etc. Junto a lo anterior, tiene especial relevancia el trato que le da a Cristo: como “Hijo de la Virgen” —muchas veces, dirigiéndose a la Virgen se refirió a Cristo como “tu Hijo”—, pues con ello resalta la Humanidad de Jesús.
En la Encarnación nuestra santa detectó no solo el abajamiento de Cristo, al hacerse uno más entre los hombres, sino también el amor de Dios Padre para con nosotros, que nos entregó lo que Él más amaba: su propio Hijo.
La contemplación del Dios-Hombre tuvo un siguiente paso en la vida de Teresa de los Andes: la infancia de Jesús. Aunque en sus escritos no hizo especiales referencias a los primeros años de vida del Señor, no quiere decir que no le haya dado importancia, sino que lo vio como un eslabón más en la cadena de acontecimientos que expresan la Humanidad de Jesús.
Podemos afirmar que nuestra santa consideró siempre la niñez de Jesús en vinculación estrecha con la Pasión. Al mismo tiempo, contempló esa infancia desde la perspectiva del asombro: Dios no solo se hizo hombre, sino que asumió lo más débil de este: la infancia[39].
El seguimiento de la vida de Jesús continuó con los años de oscuridad de Nazaret —a los que ya nos hemos referido anteriormente—; su vida pública —que hemos tratado al estudiar los personajes y lugares del Nuevo Testamento más citados  por Teresa—, y su Pasión, muerte y Resurrección.
c) Los títulos de Jesucristo
Siguiendo lo que hicieron los autores del Nuevo Testamento, nuestra santa aplicó a Jesús una serie de títulos a través de los cuales expresó su pensamiento sobre su misterio. Recogeremos aquí los que, de acuerdo a nuestro criterio, consideramos más importantes y significativos para su espiritualidad.
Dos características fundamentales pueden hallarse en estos títulos que Teresa de los Andes dio a Jesús. Por una parte, aplicó al Señor los títulos desde la revelación, pues estaba convencida de que eran —y son— reales: reflejan alguna de las cualidades de Jesucristo y expresan los contenidos de su ser. Por otra parte, confirió esos títulos —por decirlo de alguna manera— desde el corazón, pues antes de pronunciarlos o escribirlos ya habían pasado por el tamiz de su existencia: los había vivido y por eso los plasmó en sus escritos.
El Hijo
Tal como la dejó trazada en sus escritos, la palabra “Hijo” en Teresa de los Andes y dirigida a Jesucristo encierra diversos significados. Dentro de ellos, hay uno que es primordial: significa, por una parte, el amor —encarnado y accesible— de Dios al hombre y, por otra, el gozo del “Hijo” al cumplir ese designio de amor, pues es Él el enviado del Padre para llevar a término la obra de la salvación.
Cada vez que escribe la palabra Hijo, nuestra santa la vincula estrechamente al Padre, aunque en otras ocasiones lo haga refiriéndose a la Virgen[40]. Insiste así en que este Hijo de Dios no fue una idea, sino una Persona concreta, que fue enviada para darnos a conocer al Padre y sus designios.
Es interesante constatar que la experiencia espiritual de Teresa de los Andes llegó al misterio trinitario. No solo supo diferenciar las divinas Personas[41], sino que profundizó especialmente en el misterio filial de Cristo: captó que Cristo es el Hijo natural de Dios, que se manifestó en el tiempo, como enviado del Padre[42].
Muy unidas a la palabra “Hijo”, nuestra santa resaltó algunas virtudes de Jesús. La primera, la obediencia: vio claramente que Jesús es modelo de obediencia al Padre, pues cumplió el designio de salvación que le fue encomendado[43]. Y —muy unida a la obediencia— la humildad, especialmente en lo que respecta a Cristo como modelo de sumisión a la voluntad del Padre[44].
“Hijo”, por tanto, tuvo distintos significados para nuestra santa: desde la consideración de Jesucristo como Hijo de Dios en la eternidad hasta el hecho de considerar a Jesús como el Hijo de una determinada persona, que ejerce esa función en favor nuestro. Podría parecer que la forma concreta de revelarse como Hijo contradice su ser de Hijo natural de Dios, pues a Él le corresponde toda la gloria y la alabanza y, en cambio, vive sin ninguna gloria humana y se viste totalmente de ignominia.
Con todo lo anterior, podemos concluir que para Teresa de los Andes el término Hijo supuso una bipolaridad esencial en Jesús: fue Dios, pero siendo Hombre; y fue Señor, haciéndose Siervo de todos.
El Maestro
Maestro fue, para nuestra santa, uno de los títulos que mejor definen a Jesús. Ella consideró que Jesucristo es por antonomasia quien enseña a los hombres el camino que conduce a Dios.
Jesús fue para nuestra santa el verdadero maestro de su oración, pues solo pudo tener una verdadera oración cuando le fue enseñada por Él. Jesucristo se la comunicó a Teresa; Él le enseñó; Él fue el objeto y el término de esa enseñanza. Todo lo anterior es fundamental para comprender qué significó el término Maestro en la vida de Teresa de los Andes.
Hemos de partir de la base que, para Teresa, Jesús es Dios. Por eso, lo denominó frecuentemente “Divino Maestro”[45]. Esto puede tener una doble lectura: maestro en cuanto que, como Dios, es la fuente del ser; y maestro en cuanto que se nos hace accesible en la naturaleza humana, pues su magisterio llega a nosotros mediante su Humanidad.
Uno de los vocablos más frecuentemente usados por nuestra santa para caracterizar a la Divinidad es la de la sabiduría: Teresa lo entendió, bien como atributo de la Divinidad, bien como don sobrenatural comunicado por esa Divinidad al hombre[46].
Jesucristo es, como persona divina, la misma sabiduría. En este aspecto nuestra santa no insistió mucho. Se puede decir que lo dio por supuesto. Lo que sí remarcó fue que esa sabiduría increada se hace sabiduría en el tiempo, al hacerse hombre. Por tanto, Jesús se mostró como sabiduría no solo cuando hablaba o predicaba, sino que lo era radicalmente en todo su ser hombre.
En este último aspecto, Teresa pensó que Jesús era el Maestro de la sabiduría, entendiendo este último como un atributo divino que se nos manifiesta para revelarnos los designios de Dios. Al considerar a Cristo como Maestro, nuestra santa parte del presupuesto básico que Él es, como Dios, la misma sabiduría.

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