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Artículo publicado en la edición Nº 1.198 (ABRIL- JUNIO 2018) Autor: Felipe Herrera Espaliat, pbro., Arquidiócesis de Santiago de Chile Para citar: Herrera Espaliat, Felipe; Alégrense y regocíjense en el donarse en santidad, en La Revista Católica, Nº1.198, abril-junio 2018, pp. 150-165.
 
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Alégranse y regocíjense en el donarse de la santidad Felipe Herrera Espaliat, pbro. [1] Arquidiócesis de Santiago de Chile

 
1. Introducción
Hasta ahora el Papa Francisco había ofrecido al Pueblo de Dios dos exhortaciones apostólicas, con la particularidad de utilizar en sus títulos conceptos relativos a la alegría. Con la primera, Evangelii Gaudium (2013), delineó su pontificado a través de la clave del anuncio gozoso del Evangelio, y fue presentada al concluir el Año de la Fe y el Sínodo para la Nueva Evangelización. Posteriormente en 2016, fruto de la reflexión de los sínodos ordinario y extraordinario sobre la Familia, publicó la esperada y aún controvertida Amoris Laetitia, invitando a vivir la dicha del amor.
Ahora, y sin otro contexto más específico que la vida cristiana cotidiana, el Papa regala un documento magisterial de 177 parágrafos con un nombre que nuevamente invita al júbilo: Gaudete et exsultate, haciendo eco de las alentadoras palabras de Jesús en las Bienaventuranzas: ‘Alégrense y regocíjense’ (Mt 5,12). «En medio de esta vorágine actual, el Evangelio vuelve a resonar para ofrecernos una vida diferente, más sana y más feliz» (GE 108)[2]. Esta vez el Santo Padre se propone renovar una enseñanza milenaria de la Iglesia, ya acentuada vigorosamente por la Lumen gentium[3] durante el Concilio Vaticano II, pero siempre esencial para la vida cristiana: el llamado universal a la santidad, «procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades» (GE 2).
Francisco retoma tal anhelo conciliar que, a más de 50 años de su formulación, aún no alcanza a toda la Iglesia, y se propone hacerlo llegar a las periferias existenciales de quienes creen que la santidad es privativa solo de almas excelsas. Por eso, a lo largo de toda su meditación, se expresa por medio de un lenguaje sencillo y ejemplos simples.
«Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad ‘de la puerta de al lado’ de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, ‘la clase media de la santidad’» (GE 7), arguye el Papa citando al novelista y teólogo católico francés Joseph Malègue.
Gaudete et exsultate fue presentada en la Santa Sede por monseñor Angelo De Donatis, Vicario General de Su Santidad para la Diócesis de Roma, un hecho significativo que, de buenas a primeras, llamó la atención, pues se esperaba que fuese el Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos quien se refiriese públicamente al tema de la santidad. No obstante, se priorizó la figura de un pastor por sobre la de un teólogo experto.
Esta opción se comprende aún mejor a la luz del mismo documento que, precisamente, explica la santidad como la experiencia de una vida plena que glorifica a Dios a través de una donación en el amor desde la precariedad que acoge la gracia. Por ende, no se plantea como un camino rígido hacia la propia glorificación, dinámica que más de alguna vez se nos ha colado en ciertos estilos pastorales pietistas y/o activistas. Así, la santidad es acontecer vital y cotidiano, y no la meta anhelada de un proceso voluntarista. Es amar hasta el extremo, y no buscar la propia canonización.
2. El hilo conductor: la entrega personal movida por la gracia
Para el Pontífice la «santidad es el rostro más bello de la Iglesia» (GE 9), pues en ella se realiza la felicidad y la plenitud de cada hombre y cada mujer. ¿Cómo? Precisamente en la ofrenda de sí mismo. «La palabra ‘feliz’ o ‘bienaventurado’, pasa a ser sinónimo de ‘santo’, porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha» (GE 64).
El primer capítulo de la exhortación apostólica revela el hilo conductor de la reflexión a través de los conceptos de entrega personal, donarse con generosidad, sacrificio de sí mismo como ofrenda a Dios y a los demás. Son términos que se repiten insistentemente en el texto, concatenados con ejemplos concretos de testimonios de vidas santas a través de las que el autor señala diversos modos de oblación, pequeños y grandes, evidentes o inadvertidos. Por eso previene al lector de que «muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra» (GE 14).
Para Francisco «la santidad es vivir en unión con él [Jesús] los misterios de su vida» (GE 20), al margen del contenido material de la experiencia particular, porque la santidad es tal en cuanto don de Dios y no en cuanto logro personal. «Así, bajo el impulso de la gracia divina, con muchos gestos vamos construyendo esa figura de santidad que Dios quería, pero no como seres autosuficientes, sino como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios (1 P 4,10)» (GE 18), y cada persona la experimenta de modo auténtico según su propia historia e identidad. Por eso puede reflejarse tanto en aquellos actos sencillos y cotidianos, como en gestas heroicas:
«¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales» (GE 14).
3. El binomio Santidad-Entrega: «Cristo mismo quiere vivirlo contigo»
La santidad a la que apela el Papa es a aquella que se juega en la misión de una vida cristiana radicalmente comprometida con la construcción del Reino de Dios en la tierra. Pero insiste en que se trata de una tarea irrealizable en su dimensión santificadora si no concurre la presencia y asistencia del mismo Jesús. «El desafío es vivir la propia entrega de tal manera que los esfuerzos tengan un sentido evangélico y nos identifiquen más y más con Jesucristo» (GE 28).
Francisco exhorta a esa búsqueda de la justicia no manipulada por intereses mezquinos, sino a aquella que «empieza por hacerse realidad en la vida de cada uno siendo justo en las propias decisiones, y luego se expresa buscando la justicia para los pobres y los débiles. […] Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad» (GE 79).
Así, hace hincapié en el hecho que la búsqueda del Reino de Dios, que exige de esfuerzos humanos orientados a la promoción social, no puede carecer de raíz cristiana. Francisco advierte: «Tu identificación con Cristo y sus deseos, implica el empeño por construir, con él, ese reino de amor, justicia y paz para todos. Cristo mismo quiere vivirlo contigo, en todos los esfuerzos o renuncias que implique, y también en las alegrías y en la fecundidad que te ofrezca. Por lo tanto, no te santificarás sin entregarte en cuerpo y alma para dar lo mejor de ti en ese empeño» (GE 25). En síntesis, la actividad como entrega nos santifica, pero si Cristo está al lado.
Por ende, la unión con Cristo es básica en cualquier experiencia de santidad, porque Él, que es el Santo, nos participa de su condición, a la que estamos llamados a configurarnos por ser nosotros esencialmente imagen y semejanza suya. En consecuencia, «la santidad está hecha de una apertura habitual a la trascendencia, que se expresa en la oración y en la adoración. El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor. No creo en la santidad sin oración, aunque no se trate necesariamente de largos momentos o de sentimientos intensos» (GE 147).
Esta dinámica, ya plasmada en el ora et labora benedictino, recobra vigencia en un mundo donde los argumentos opuestos se han instalado como premisas básicas de una dialéctica infecunda que impide una reflexión más profunda, incluso dentro de nuestra propia comunidad eclesial. Bajo esta perspectiva majaderamente polarizada y polarizadora, o se pertenece al grupo de quienes actúan, o bien a aquel de quienes rezan.
El Papa no se deja encasillar por esa diatriba perversa donde no hay matices ni términos medios, y llama nuevamente al discernimiento para la acción. Esto requiere de ese contacto asiduo con quien es fuente de la inspiración y de la gracia para llevar adelante las misiones particulares asignadas a cada uno, y en las que debería concretarse nuestra vida de santidad, tanto individual como comunitaria.
«Y si ya no ponemos distancias frente a Dios y vivimos en su presencia, podremos permitirle que examine nuestro corazón para ver si va por el camino correcto (cf. Sal 139,23-24). Así conoceremos la voluntad agradable y perfecta del Señor (cf. Rm 12,1-2) y dejaremos que él nos moldee como un alfarero (cf. Is 29,16). Hemos dicho tantas veces que Dios habita en nosotros, pero es mejor decir que nosotros habitamos en él, que él nos permite vivir en su luz y en su amor. Él es nuestro templo: lo que busco es habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida (cf. Sal 27,4). ‘Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa(Sal 84,11). En él somos santificados» (GE 51).
Pero, claro, Gaudete et exsultate insiste en el sano equilibrio de la dinámica de acción y oración, valorando cada instancia en su justa medida según el momento oportuno y de acuerdo con lo requerido por los signos de los tiempos y las circunstancias personales y comunitarias.
«No es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el otro, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio. Todo puede ser aceptado e integrado como parte de la propia existencia en este mundo, y se incorpora en el camino de santificación. Somos llamados a vivir la contemplación también en medio de la acción, y nos santificamos en el ejercicio responsable y generoso de la propia misión» (GE 26).
De este modo, solo en una sana armonía entre acción y oración, que se retroalimentan la una con la otra en un creciente discernimiento y maduración cristiana, se puede recorrer un camino de santidad, no por eso exento de dificultades. Esa intimidad cristificante puede y debe ser explosivamente fecunda. «Ser santos no significa blanquear los ojos en un supuesto éxtasis» (GE 96). Si nos configuramos con aquel que es proexistente por esencia, cuya vida fue oblación continua, nuestra intimidad transfiguradora con Cristo nos debería impulsar vehementemente a esa salida de nosotros mismos en beneficio de los demás. «Esto implica para los cristianos una sana y permanente insatisfacción» (GE 99), que supone un denuedo movido por la fe y la caridad, urgido por reconocer en los más débiles «a un ser humano con mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre, a una imagen de Dios, a un hermano redimido por Jesucristo. ¡Eso es ser cristianos! ¿O acaso puede entenderse la santidad al margen de este reconocimiento vivo de la dignidad de todo ser humano?» (GE 98).
4. Falsificaciones y enemigos de la santidad
Sin ánimo de diluir aquella heroicidad que exige llevar una vida santa, Francisco es consciente de que muchas veces la exacerbación de figuras de grandes santos puede, paradójicamente, junto con encender almas al anhelo de santidad, desincentivar a otras. Por eso advierte sobre la universalidad del llamado, pero también acerca de la necesidad de hacer discernimiento para identificar la vocación particular y única de cada cual. En la sociedad del copy/paste no hay lugar para las réplicas exactas.
«[…] no se trata de desalentarse cuando uno contempla modelos de santidad que le parecen inalcanzables. Hay testimonios que son útiles para estimularnos y motivarnos, pero no para que tratemos de copiarlos, porque eso hasta podría alejarnos del camino único y diferente que el Señor tiene para nosotros. Lo que interesa es que cada creyente discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él (cf. 1Co 12, 7), y no que se desgaste intentando imitar algo que no ha sido pensado para él. Todos estamos llamados a ser testigos, pero ‘existen muchas formas existenciales de testimonio’[4]» (GE 11).
A partir de esta magnífica originalidad creativa con que Dios comparte y manifiesta su santidad en los corazones humanos, y que es fuente de diversidad y atractivo para una pluralidad de personas en la Iglesia, el Papa entra con vehemencia en un ámbito más delicado aún. En el capítulo segundo del documento no habla de amenazas, de problemas ni de limitaciones, sino que abiertamente califica de enemigos a aquellas dos herejías milenarias que, todavía vigentes en la vida de la Iglesia, continúan amenazando el sentido más genuino de la santidad: el gnosticismo y el pelagianismo.
Ambas corrientes tienden a imponer moldes rígidos o caminos uniformes de santificación, reduciendo la santidad a parámetros casi cuantitativos, siendo que no hay nada menos mesurable que la gracia de Dios. Y citando a su predecesor, Benedicto XVI, el Santo Padre recuerda que «la santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya[5]. Así, cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo» (GE 21).
También llama falsificaciones a estas propuestas de santificación engañosas, que so pretexto de una trascendencia orientada a Dios, finalmente proponen un inmanentismo antropocéntrico que conduce al hombre a su propia búsqueda (cf. GE 35). Entonces, retomando y profundizando enérgicamente un tema que había abordado en un par de números de su encíclica Evangelii gaudium, insiste en que estas herejías llevan «a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar. En los dos casos, ni Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente»[6].
4.1 Gnosticismo: soberbia que busca domesticar el misterio
En sus más de cinco años de pontificado, Francisco no le ha dado tregua al gnosticismo que sigue brotando en la Iglesia, tanto en sus ámbitos académicos como en su praxis pastoral y espiritual. Alude a esta doctrina como «una de las peores ideologías, ya que, al mismo tiempo que exalta indebidamente el conocimiento o una determinada experiencia, considera que su propia visión de la realidad es la perfección» (GE 40). Los gnósticos llegan a «creer que, porque sabemos algo o podemos explicarlo con una determinada lógica, ya somos santos, perfectos, mejores que la ‘masa ignorante’» (GE 45).
En Gaudete et exsultate el Papa dedica once párrafos a combatir esta corriente que vive en una «superficialidad vanidosa: mucho movimiento en la superficie de la mente, pero no se mueve ni se conmueve la profundidad del pensamiento» (GE 38). Para eso, realiza una descripción de ella y luego ve su impacto en una errada comprensión de la santidad.
«El gnosticismo supone una fe encerrada en el subjetivismo, donde solo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos (EG 105)» (GE 36).
El Santo Padre puntualiza que esta doctrina, basada en un auto convencimiento de poder alcanzar a Dios por el mero uso de la razón, deviene especialmente engañosa en su aplicación en la vida espiritual en cuanto desvincula de la condición encarnada de nuestra fe. «Porque el gnosticismo ‘por su propia naturaleza quiere domesticar el misterio’[7], tanto el misterio de Dios y de su gracia, como el misterio de la vida de los demás» (GE 40).
En consecuencia, una espiritualidad desencarnada, llena de elucubraciones mentales que alejan de la frescura del Evangelio (cf. GE 46), difícilmente se traducirá en una caridad activa, como advertía San Buenaventura: «la verdadera sabiduría cristiana no se debe desconectar de la misericordia hacia el prójimo[8]» (GE 46).
Un buen modo de enfrentar sanamente el gnosticismo puede ser cambiando la orientación del esfuerzo especulativo. Francisco pide que «No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser». Así, la dinámica no es pensar quién es Dios para que yo llegue a ser santo, sino descubrir aquello que el Padre pensó para mí y allí descubrir un camino de santidad único.
4.2 Pelagianismo: Una des-gracia que puede llevar a la corrupción
El segundo gran peligro de confusión en la búsqueda de la santidad que advierte el Santo Padre, y que también ha sido objeto de su persistente denuncia, es el del pelagianismo, aquella doctrina que busca «la justificación por las propias fuerzas, el de la adoración de la voluntad humana y de la propia capacidad, que se traduce en una autocomplacencia egocéntrica y elitista privada del verdadero amor» (GE 57).
Su concreción es más extendida, porque al ser una corriente más práctica que especulativa, permite que se manifieste en un elenco de hechos variopintos largamente enumerados por el Papa: «la obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, la vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, el embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial» (GE 57).
De este modo, pasa a pérdida aquella enseñanza reiterada de la Iglesia de que «no somos justificados por nuestras obras o por nuestros esfuerzos, sino por la gracia del Señor que toma la iniciativa» (GE 52). En esta primacía de la voluntad individual por sobre la gracia de Dios, el mérito personal termina siendo lo esencial y el don divino aparece como un hecho accesorio, al cual, por medio de un relato forzado, se busca darle una cabida meramente nominal:
«Los que responden a esta mentalidad pelagiana o semipelagiana, aunque hablen de la gracia de Dios con discursos edulcorados ‘en el fondo solo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico’ (EG 94)» (GE 49).
A partir de esto se produce una torcedura en el camino de santidad, que pierde su dirección y se vuelve oscuro y tortuoso. «Esto afecta a grupos, movimientos y comunidades, y es lo que explica por qué tantas veces comienzan con una intensa vida en el Espíritu, pero luego terminan fosilizados... o corruptos» (GE 58). Se pierde así la fidelidad a arrancar la vida desde la iniciativa divina que comunica el Paráclito.
El pelagianismo huye de la precariedad personal, inconsciente de que es allí precisamente el lugar privilegiado para la acción salvífica de Dios, donde puede obrar con más potencia su gracia. La insuficiencia humana, desde la mentalidad pelagiana, llevaría a no merecer el don de su amor, y por eso hay que empeñar y forzar la voluntad en superarse. Pero, por el contrario, el camino de liberación que abrió el Señor Jesús permite darse cuenta de que «su amistad nos supera infinitamente, no puede ser comprada por nosotros con nuestras obras y solo puede ser un regalo de su iniciativa de amor. Esto nos invita a vivir con una gozosa gratitud por ese regalo que nunca mereceremos» (GE 54).
El antídoto antipelagiano que propone Gaudete et exsultate es una entrega que no busca comprar el amor de Dios. Por el contrario, «se trata de ofrecernos a él que nos primerea, de entregarle nuestras capacidades, nuestro empeño, nuestra lucha contra el mal y nuestra creatividad, para que su don gratuito crezca y se desarrolle en nosotros» (GE 56).
5. De las Bienaventuranzas al conmigo lo hiciste
Francisco es claro al proponer que el llamado a la santidad es hoy y se ha de realizar en el hoy. Quien espera el momento propicio para ser santo, no solo perderá la ocasión de vivir santamente, sino que nunca llegará a aquel instante perfecto, precisamente porque más que ejercerse como un acto de la voluntad, la santidad es una respuesta activa a la obra que Dios va realizando en la historia de quien se entrega a Él con toda su libertad. «No se puede esperar, para vivir el Evangelio, que todo a nuestro alrededor sea favorable, porque muchas veces las ambiciones del poder y los intereses mundanos juegan en contra nuestra» (GE 91). Por eso mismo propone las bienaventuranzas como aquel camino que conduce a la plenitud, aunque no sin la fatiga de la adversidad.
En el capítulo tercero de la exhortación, a partir del elenco del evangelio según san Mateo, toma cada macarismo para explicar su sentido en el plan de santificación que Dios trazó para nosotros, pero lejos de entrar en una disquisición teológica, ilumina su reflexión con situaciones muy cotidianas, que traslucen la larga experiencia pastoral del autor de Gaudete et exsultate. Cuando es necesario, complementa con la versión lucana de las Bienaventuranzas.
Por ejemplo, cuando alude a la bienaventuranza «Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9) no se ciñe a la guerra entre naciones o a grandes conflictos armados, sino que baja al día a día del católico de la calle:
«Para nosotros es muy común ser agentes de enfrentamientos o al menos de malentendidos. Por ejemplo, cuando escucho algo de alguien y voy a otro y se lo digo; e incluso hago una segunda versión un poco más amplia y la difundo. Y si logro hacer más daño, parece que me provoca mayor satisfacción. El mundo de las habladurías, hecho por gente que se dedica a criticar y a destruir, no construye la paz. Esa gente más bien es enemiga de la paz y de ningún modo bienaventurada» (GE 87).
Así, con una pluma muy ágil en lo pastoral y, por ende, muy profunda en su capacidad de penetrar los corazones, el Papa va describiendo un itinerario de vida de santidad que encuentra su mejor complemento en el conmigo lo hiciste del pasaje del Juicio Final de Mateo 25, «porque ser santos no significa blanquear los ojos en un supuesto éxtasis» (GE 96). Francisco es taxativo afirmando que nuestra fidelidad al Maestro pasa por asumir un estilo vital como el suyo, que en su kénosis tomó la condición de esclavo y pasó como uno de tantos (cf. Flp 2,7); en consecuencia, «no podemos plantearnos un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo, donde unos festejan, gastan alegremente y reducen su vida a las novedades del consumo, al mismo tiempo que otros solo miran desde afuera mientras su vida pasa y se acaba miserablemente» (GE 101).
Francisco no es ingenuo respecto de extremismos que, pese a que sus orígenes pueden ser muy iluminados por una recta intención cristiana, terminan mutilando el corazón del Evangelio al radicalizarse y perder su sentido de santidad.
En primer lugar, están aquellos que, esforzándose por
Artículo publicado en la edición Nº 1.198 (ABRIL- JUNIO 2018) Autor: Felipe Herrera Espaliat, pbro., Arquidiócesis de Santiago de Chile Para citar: Herrera Espaliat, Felipe; Alégrense y regocíjense en el donarse en santidad, en La Revista Católica, Nº1.198, abril-junio 2018, pp. 150-165.
 
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Alégranse y regocíjense en el donarse de la santidad Felipe Herrera Espaliat, pbro. [1] Arquidiócesis de Santiago de Chile

 
1. Introducción
Hasta ahora el Papa Francisco había ofrecido al Pueblo de Dios dos exhortaciones apostólicas, con la particularidad de utilizar en sus títulos conceptos relativos a la alegría. Con la primera, Evangelii Gaudium (2013), delineó su pontificado a través de la clave del anuncio gozoso del Evangelio, y fue presentada al concluir el Año de la Fe y el Sínodo para la Nueva Evangelización. Posteriormente en 2016, fruto de la reflexión de los sínodos ordinario y extraordinario sobre la Familia, publicó la esperada y aún controvertida Amoris Laetitia, invitando a vivir la dicha del amor.
Ahora, y sin otro contexto más específico que la vida cristiana cotidiana, el Papa regala un documento magisterial de 177 parágrafos con un nombre que nuevamente invita al júbilo: Gaudete et exsultate, haciendo eco de las alentadoras palabras de Jesús en las Bienaventuranzas: ‘Alégrense y regocíjense’ (Mt 5,12). «En medio de esta vorágine actual, el Evangelio vuelve a resonar para ofrecernos una vida diferente, más sana y más feliz» (GE 108)[2]. Esta vez el Santo Padre se propone renovar una enseñanza milenaria de la Iglesia, ya acentuada vigorosamente por la Lumen gentium[3] durante el Concilio Vaticano II, pero siempre esencial para la vida cristiana: el llamado universal a la santidad, «procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades» (GE 2).
Francisco retoma tal anhelo conciliar que, a más de 50 años de su formulación, aún no alcanza a toda la Iglesia, y se propone hacerlo llegar a las periferias existenciales de quienes creen que la santidad es privativa solo de almas excelsas. Por eso, a lo largo de toda su meditación, se expresa por medio de un lenguaje sencillo y ejemplos simples.
«Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad ‘de la puerta de al lado’ de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, ‘la clase media de la santidad’» (GE 7), arguye el Papa citando al novelista y teólogo católico francés Joseph Malègue.
Gaudete et exsultate fue presentada en la Santa Sede por monseñor Angelo De Donatis, Vicario General de Su Santidad para la Diócesis de Roma, un hecho significativo que, de buenas a primeras, llamó la atención, pues se esperaba que fuese el Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos quien se refiriese públicamente al tema de la santidad. No obstante, se priorizó la figura de un pastor por sobre la de un teólogo experto.
Esta opción se comprende aún mejor a la luz del mismo documento que, precisamente, explica la santidad como la experiencia de una vida plena que glorifica a Dios a través de una donación en el amor desde la precariedad que acoge la gracia. Por ende, no se plantea como un camino rígido hacia la propia glorificación, dinámica que más de alguna vez se nos ha colado en ciertos estilos pastorales pietistas y/o activistas. Así, la santidad es acontecer vital y cotidiano, y no la meta anhelada de un proceso voluntarista. Es amar hasta el extremo, y no buscar la propia canonización.
2. El hilo conductor: la entrega personal movida por la gracia
Para el Pontífice la «santidad es el rostro más bello de la Iglesia» (GE 9), pues en ella se realiza la felicidad y la plenitud de cada hombre y cada mujer. ¿Cómo? Precisamente en la ofrenda de sí mismo. «La palabra ‘feliz’ o ‘bienaventurado’, pasa a ser sinónimo de ‘santo’, porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha» (GE 64).
El primer capítulo de la exhortación apostólica revela el hilo conductor de la reflexión a través de los conceptos de entrega personal, donarse con generosidad, sacrificio de sí mismo como ofrenda a Dios y a los demás. Son términos que se repiten insistentemente en el texto, concatenados con ejemplos concretos de testimonios de vidas santas a través de las que el autor señala diversos modos de oblación, pequeños y grandes, evidentes o inadvertidos. Por eso previene al lector de que «muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra» (GE 14).
Para Francisco «la santidad es vivir en unión con él [Jesús] los misterios de su vida» (GE 20), al margen del contenido material de la experiencia particular, porque la santidad es tal en cuanto don de Dios y no en cuanto logro personal. «Así, bajo el impulso de la gracia divina, con muchos gestos vamos construyendo esa figura de santidad que Dios quería, pero no como seres autosuficientes, sino como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios (1 P 4,10)» (GE 18), y cada persona la experimenta de modo auténtico según su propia historia e identidad. Por eso puede reflejarse tanto en aquellos actos sencillos y cotidianos, como en gestas heroicas:
«¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales» (GE 14).
3. El binomio Santidad-Entrega: «Cristo mismo quiere vivirlo contigo»
La santidad a la que apela el Papa es a aquella que se juega en la misión de una vida cristiana radicalmente comprometida con la construcción del Reino de Dios en la tierra. Pero insiste en que se trata de una tarea irrealizable en su dimensión santificadora si no concurre la presencia y asistencia del mismo Jesús. «El desafío es vivir la propia entrega de tal manera que los esfuerzos tengan un sentido evangélico y nos identifiquen más y más con Jesucristo» (GE 28).
Francisco exhorta a esa búsqueda de la justicia no manipulada por intereses mezquinos, sino a aquella que «empieza por hacerse realidad en la vida de cada uno siendo justo en las propias decisiones, y luego se expresa buscando la justicia para los pobres y los débiles. […] Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad» (GE 79).
Así, hace hincapié en el hecho que la búsqueda del Reino de Dios, que exige de esfuerzos humanos orientados a la promoción social, no puede carecer de raíz cristiana. Francisco advierte: «Tu identificación con Cristo y sus deseos, implica el empeño por construir, con él, ese reino de amor, justicia y paz para todos. Cristo mismo quiere vivirlo contigo, en todos los esfuerzos o renuncias que implique, y también en las alegrías y en la fecundidad que te ofrezca. Por lo tanto, no te santificarás sin entregarte en cuerpo y alma para dar lo mejor de ti en ese empeño» (GE 25). En síntesis, la actividad como entrega nos santifica, pero si Cristo está al lado.
Por ende, la unión con Cristo es básica en cualquier experiencia de santidad, porque Él, que es el Santo, nos participa de su condición, a la que estamos llamados a configurarnos por ser nosotros esencialmente imagen y semejanza suya. En consecuencia, «la santidad está hecha de una apertura habitual a la trascendencia, que se expresa en la oración y en la adoración. El santo es una persona con espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor. No creo en la santidad sin oración, aunque no se trate necesariamente de largos momentos o de sentimientos intensos» (GE 147).
Esta dinámica, ya plasmada en el ora et labora benedictino, recobra vigencia en un mundo donde los argumentos opuestos se han instalado como premisas básicas de una dialéctica infecunda que impide una reflexión más profunda, incluso dentro de nuestra propia comunidad eclesial. Bajo esta perspectiva majaderamente polarizada y polarizadora, o se pertenece al grupo de quienes actúan, o bien a aquel de quienes rezan.
El Papa no se deja encasillar por esa diatriba perversa donde no hay matices ni términos medios, y llama nuevamente al discernimiento para la acción. Esto requiere de ese contacto asiduo con quien es fuente de la inspiración y de la gracia para llevar adelante las misiones particulares asignadas a cada uno, y en las que debería concretarse nuestra vida de santidad, tanto individual como comunitaria.
«Y si ya no ponemos distancias frente a Dios y vivimos en su presencia, podremos permitirle que examine nuestro corazón para ver si va por el camino correcto (cf. Sal 139,23-24). Así conoceremos la voluntad agradable y perfecta del Señor (cf. Rm 12,1-2) y dejaremos que él nos moldee como un alfarero (cf. Is 29,16). Hemos dicho tantas veces que Dios habita en nosotros, pero es mejor decir que nosotros habitamos en él, que él nos permite vivir en su luz y en su amor. Él es nuestro templo: lo que busco es habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida (cf. Sal 27,4). ‘Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa(Sal 84,11). En él somos santificados» (GE 51).
Pero, claro, Gaudete et exsultate insiste en el sano equilibrio de la dinámica de acción y oración, valorando cada instancia en su justa medida según el momento oportuno y de acuerdo con lo requerido por los signos de los tiempos y las circunstancias personales y comunitarias.
«No es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el otro, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio. Todo puede ser aceptado e integrado como parte de la propia existencia en este mundo, y se incorpora en el camino de santificación. Somos llamados a vivir la contemplación también en medio de la acción, y nos santificamos en el ejercicio responsable y generoso de la propia misión» (GE 26).
De este modo, solo en una sana armonía entre acción y oración, que se retroalimentan la una con la otra en un creciente discernimiento y maduración cristiana, se puede recorrer un camino de santidad, no por eso exento de dificultades. Esa intimidad cristificante puede y debe ser explosivamente fecunda. «Ser santos no significa blanquear los ojos en un supuesto éxtasis» (GE 96). Si nos configuramos con aquel que es proexistente por esencia, cuya vida fue oblación continua, nuestra intimidad transfiguradora con Cristo nos debería impulsar vehementemente a esa salida de nosotros mismos en beneficio de los demás. «Esto implica para los cristianos una sana y permanente insatisfacción» (GE 99), que supone un denuedo movido por la fe y la caridad, urgido por reconocer en los más débiles «a un ser humano con mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre, a una imagen de Dios, a un hermano redimido por Jesucristo. ¡Eso es ser cristianos! ¿O acaso puede entenderse la santidad al margen de este reconocimiento vivo de la dignidad de todo ser humano?» (GE 98).
4. Falsificaciones y enemigos de la santidad
Sin ánimo de diluir aquella heroicidad que exige llevar una vida santa, Francisco es consciente de que muchas veces la exacerbación de figuras de grandes santos puede, paradójicamente, junto con encender almas al anhelo de santidad, desincentivar a otras. Por eso advierte sobre la universalidad del llamado, pero también acerca de la necesidad de hacer discernimiento para identificar la vocación particular y única de cada cual. En la sociedad del copy/paste no hay lugar para las réplicas exactas.
«[…] no se trata de desalentarse cuando uno contempla modelos de santidad que le parecen inalcanzables. Hay testimonios que son útiles para estimularnos y motivarnos, pero no para que tratemos de copiarlos, porque eso hasta podría alejarnos del camino único y diferente que el Señor tiene para nosotros. Lo que interesa es que cada creyente discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él (cf. 1Co 12, 7), y no que se desgaste intentando imitar algo que no ha sido pensado para él. Todos estamos llamados a ser testigos, pero ‘existen muchas formas existenciales de testimonio’[4]» (GE 11).
A partir de esta magnífica originalidad creativa con que Dios comparte y manifiesta su santidad en los corazones humanos, y que es fuente de diversidad y atractivo para una pluralidad de personas en la Iglesia, el Papa entra con vehemencia en un ámbito más delicado aún. En el capítulo segundo del documento no habla de amenazas, de problemas ni de limitaciones, sino que abiertamente califica de enemigos a aquellas dos herejías milenarias que, todavía vigentes en la vida de la Iglesia, continúan amenazando el sentido más genuino de la santidad: el gnosticismo y el pelagianismo.
Ambas corrientes tienden a imponer moldes rígidos o caminos uniformes de santificación, reduciendo la santidad a parámetros casi cuantitativos, siendo que no hay nada menos mesurable que la gracia de Dios. Y citando a su predecesor, Benedicto XVI, el Santo Padre recuerda que «la santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya[5]. Así, cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo» (GE 21).
También llama falsificaciones a estas propuestas de santificación engañosas, que so pretexto de una trascendencia orientada a Dios, finalmente proponen un inmanentismo antropocéntrico que conduce al hombre a su propia búsqueda (cf. GE 35). Entonces, retomando y profundizando enérgicamente un tema que había abordado en un par de números de su encíclica Evangelii gaudium, insiste en que estas herejías llevan «a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar. En los dos casos, ni Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente»[6].
4.1 Gnosticismo: soberbia que busca domesticar el misterio
En sus más de cinco años de pontificado, Francisco no le ha dado tregua al gnosticismo que sigue brotando en la Iglesia, tanto en sus ámbitos académicos como en su praxis pastoral y espiritual. Alude a esta doctrina como «una de las peores ideologías, ya que, al mismo tiempo que exalta indebidamente el conocimiento o una determinada experiencia, considera que su propia visión de la realidad es la perfección» (GE 40). Los gnósticos llegan a «creer que, porque sabemos algo o podemos explicarlo con una determinada lógica, ya somos santos, perfectos, mejores que la ‘masa ignorante’» (GE 45).
En Gaudete et exsultate el Papa dedica once párrafos a combatir esta corriente que vive en una «superficialidad vanidosa: mucho movimiento en la superficie de la mente, pero no se mueve ni se conmueve la profundidad del pensamiento» (GE 38). Para eso, realiza una descripción de ella y luego ve su impacto en una errada comprensión de la santidad.
«El gnosticismo supone una fe encerrada en el subjetivismo, donde solo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos (EG 105)» (GE 36).
El Santo Padre puntualiza que esta doctrina, basada en un auto convencimiento de poder alcanzar a Dios por el mero uso de la razón, deviene especialmente engañosa en su aplicación en la vida espiritual en cuanto desvincula de la condición encarnada de nuestra fe. «Porque el gnosticismo ‘por su propia naturaleza quiere domesticar el misterio’[7], tanto el misterio de Dios y de su gracia, como el misterio de la vida de los demás» (GE 40).
En consecuencia, una espiritualidad desencarnada, llena de elucubraciones mentales que alejan de la frescura del Evangelio (cf. GE 46), difícilmente se traducirá en una caridad activa, como advertía San Buenaventura: «la verdadera sabiduría cristiana no se debe desconectar de la misericordia hacia el prójimo[8]» (GE 46).
Un buen modo de enfrentar sanamente el gnosticismo puede ser cambiando la orientación del esfuerzo especulativo. Francisco pide que «No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser». Así, la dinámica no es pensar quién es Dios para que yo llegue a ser santo, sino descubrir aquello que el Padre pensó para mí y allí descubrir un camino de santidad único.
4.2 Pelagianismo: Una des-gracia que puede llevar a la corrupción
El segundo gran peligro de confusión en la búsqueda de la santidad que advierte el Santo Padre, y que también ha sido objeto de su persistente denuncia, es el del pelagianismo, aquella doctrina que busca «la justificación por las propias fuerzas, el de la adoración de la voluntad humana y de la propia capacidad, que se traduce en una autocomplacencia egocéntrica y elitista privada del verdadero amor» (GE 57).
Su concreción es más extendida, porque al ser una corriente más práctica que especulativa, permite que se manifieste en un elenco de hechos variopintos largamente enumerados por el Papa: «la obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, la vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, el embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial» (GE 57).
De este modo, pasa a pérdida aquella enseñanza reiterada de la Iglesia de que «no somos justificados por nuestras obras o por nuestros esfuerzos, sino por la gracia del Señor que toma la iniciativa» (GE 52). En esta primacía de la voluntad individual por sobre la gracia de Dios, el mérito personal termina siendo lo esencial y el don divino aparece como un hecho accesorio, al cual, por medio de un relato forzado, se busca darle una cabida meramente nominal:
«Los que responden a esta mentalidad pelagiana o semipelagiana, aunque hablen de la gracia de Dios con discursos edulcorados ‘en el fondo solo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico’ (EG 94)» (GE 49).
A partir de esto se produce una torcedura en el camino de santidad, que pierde su dirección y se vuelve oscuro y tortuoso. «Esto afecta a grupos, movimientos y comunidades, y es lo que explica por qué tantas veces comienzan con una intensa vida en el Espíritu, pero luego terminan fosilizados... o corruptos» (GE 58). Se pierde así la fidelidad a arrancar la vida desde la iniciativa divina que comunica el Paráclito.
El pelagianismo huye de la precariedad personal, inconsciente de que es allí precisamente el lugar privilegiado para la acción salvífica de Dios, donde puede obrar con más potencia su gracia. La insuficiencia humana, desde la mentalidad pelagiana, llevaría a no merecer el don de su amor, y por eso hay que empeñar y forzar la voluntad en superarse. Pero, por el contrario, el camino de liberación que abrió el Señor Jesús permite darse cuenta de que «su amistad nos supera infinitamente, no puede ser comprada por nosotros con nuestras obras y solo puede ser un regalo de su iniciativa de amor. Esto nos invita a vivir con una gozosa gratitud por ese regalo que nunca mereceremos» (GE 54).
El antídoto antipelagiano que propone Gaudete et exsultate es una entrega que no busca comprar el amor de Dios. Por el contrario, «se trata de ofrecernos a él que nos primerea, de entregarle nuestras capacidades, nuestro empeño, nuestra lucha contra el mal y nuestra creatividad, para que su don gratuito crezca y se desarrolle en nosotros» (GE 56).
5. De las Bienaventuranzas al conmigo lo hiciste
Francisco es claro al proponer que el llamado a la santidad es hoy y se ha de realizar en el hoy. Quien espera el momento propicio para ser santo, no solo perderá la ocasión de vivir santamente, sino que nunca llegará a aquel instante perfecto, precisamente porque más que ejercerse como un acto de la voluntad, la santidad es una respuesta activa a la obra que Dios va realizando en la historia de quien se entrega a Él con toda su libertad. «No se puede esperar, para vivir el Evangelio, que todo a nuestro alrededor sea favorable, porque muchas veces las ambiciones del poder y los intereses mundanos juegan en contra nuestra» (GE 91). Por eso mismo propone las bienaventuranzas como aquel camino que conduce a la plenitud, aunque no sin la fatiga de la adversidad.
En el capítulo tercero de la exhortación, a partir del elenco del evangelio según san Mateo, toma cada macarismo para explicar su sentido en el plan de santificación que Dios trazó para nosotros, pero lejos de entrar en una disquisición teológica, ilumina su reflexión con situaciones muy cotidianas, que traslucen la larga experiencia pastoral del autor de Gaudete et exsultate. Cuando es necesario, complementa con la versión lucana de las Bienaventuranzas.
Por ejemplo, cuando alude a la bienaventuranza «Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9) no se ciñe a la guerra entre naciones o a grandes conflictos armados, sino que baja al día a día del católico de la calle:
«Para nosotros es muy común ser agentes de enfrentamientos o al menos de malentendidos. Por ejemplo, cuando escucho algo de alguien y voy a otro y se lo digo; e incluso hago una segunda versión un poco más amplia y la difundo. Y si logro hacer más daño, parece que me provoca mayor satisfacción. El mundo de las habladurías, hecho por gente que se dedica a criticar y a destruir, no construye la paz. Esa gente más bien es enemiga de la paz y de ningún modo bienaventurada» (GE 87).
Así, con una pluma muy ágil en lo pastoral y, por ende, muy profunda en su capacidad de penetrar los corazones, el Papa va describiendo un itinerario de vida de santidad que encuentra su mejor complemento en el conmigo lo hiciste del pasaje del Juicio Final de Mateo 25, «porque ser santos no significa blanquear los ojos en un supuesto éxtasis» (GE 96). Francisco es taxativo afirmando que nuestra fidelidad al Maestro pasa por asumir un estilo vital como el suyo, que en su kénosis tomó la condición de esclavo y pasó como uno de tantos (cf. Flp 2,7); en consecuencia, «no podemos plantearnos un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo, donde unos festejan, gastan alegremente y reducen su vida a las novedades del consumo, al mismo tiempo que otros solo miran desde afuera mientras su vida pasa y se acaba miserablemente» (GE 101).
Francisco no es ingenuo respecto de extremismos que, pese a que sus orígenes pueden ser muy iluminados por una recta intención cristiana, terminan mutilando el corazón del Evangelio al radicalizarse y perder su sentido de santidad.
En primer lugar, están aquellos que, esforzándose por cumplir las exigencias de misericordia a las que nos llama el Señor, acaban rompiendo la relación personal con Él, de modo que transforman «al cristianismo en una especie de ONG, quitándole esa mística luminosa que tan bien vivieron y manifestaron san Francisco de Asís, san Vicente de Paúl, santa Teresa de Calcuta y otros muchos. A estos grandes santos ni la oración, ni el amor de Dios, ni la lectura del Evangelio les disminuyeron la pasión o la eficacia de su entrega al prójimo, sino todo lo contrario» (GE 100). En segundo lugar, el Santo Padre se refiere a quienes arrojan un manto de sospecha o de indiferencia sobre aquellos que han asumido un genuino compromiso social, y lo desestiman por ser «superficial, mundano, secularista, inmanentista, comunista, populista. O lo relativizan como si